Muchas veces sabemos perfectamente qué nos conviene, qué deberíamos hacer o qué cambios podrían mejorar nuestra vida, pero aun así seguimos haciendo exactamente lo mismo de siempre.
No es necesariamente falta de ganas ni de inteligencia.
En gran parte es nuestro propio cerebro tratando de ahorrarse trabajo.
El cerebro es un experto en optimizar energía.
Todo lo que ya conoce le resulta más fácil, más seguro y menos costoso.
Por eso muchas veces preferimos quedarnos donde estamos, incluso cuando en el fondo sabemos que podríamos estar mejor si cambiáramos algo.
Lo conocido da una sensación de control, aunque a veces ese control sea solo una ilusión.
Un empleo estable, una rutina fija, una forma de hacer las cosas que “siempre ha funcionado”.
Todo eso tranquiliza, pero no necesariamente garantiza nada.
La vida cambia constantemente, y cuando esos cambios llegan suelen hacerlo sin avisar.
Ahí es cuando muchas personas se bloquean.
No porque no tengan capacidades, sino porque nunca se plantearon seriamente la posibilidad de hacer las cosas desde otra perspectiva.
Y cambiar la perspectiva, aunque no lo parezca, es un entrenamiento mental.
Por ejemplo, hay algo que nos pasa todo el tiempo: cuando pensamos en una tarea completa, con todos sus pasos, nos desanimamos antes de empezar.
Sabemos que tenemos que hacer algo, pero solo imaginar el proceso ya nos quita energía.
Piensa en algo tan simple como pagar un servicio público.
Si lo ves como “tengo que ir al banco, hacer fila, retirar dinero, luego ir a otra fila para pagar”, es muy probable que empieces a aplazarlo.
No porque no puedas hacerlo, sino porque mentalmente ya lo sentiste pesado.
Pero si automatizas ese pago desde tu cuenta, el problema prácticamente desaparece.
No tienes que pensarlo cada mes, no gastas energía en decidir ni en organizarlo.
Simplemente ocurre. Y sin darte cuenta te quitaste una carga.
Ahora imagina aplicar esa lógica a más áreas de la vida.
Muchas cosas que nos estresan no son problemas reales, son procesos mal organizados o decisiones que seguimos posponiendo.
Ahí es donde cambiar la perspectiva vuelve a ser clave.
No es lo mismo decir “tengo que hacer ejercicio” que facilitarte el camino para hacerlo.
Si dejas la ropa deportiva lista desde la noche anterior, cuando te levantes ya eliminaste una fricción.
No tienes que buscar qué ponerte, no tienes que decidir nada. Solo empiezas.
Puede parecer algo pequeño, pero esas pequeñas optimizaciones reducen resistencia mental.
Y cuando reduces resistencia, actuar se vuelve más natural.
Yo cada vez estoy más convencido de que no se trata de vivir preocupado por el futuro, sino de ampliar la forma en la que vemos las cosas.
A veces cambiar la perspectiva no significa hacer algo enorme, sino hacer más fácil lo que sabemos que nos conviene.
Cuando amplías tu perspectiva, aparecen ideas, soluciones y oportunidades que antes ni siquiera considerabas.
Incluso empiezas a sentir menos presión, porque sabes que estás construyendo caminos, no improvisando cuando ya no queda otra.
Tal vez hoy todo esté bien en tu vida.
Ojalá sea así. Pero aun así vale la pena preguntarse si estás haciendo solo lo que te resulta cómodo o también lo que realmente te conviene.
A veces ese pequeño cambio en la forma de mirar las cosas termina simplificando más de lo que imaginabas.
Y cuando empiezas a optimizar lo cotidiano, la vida deja de sentirse como una serie de problemas y empieza a parecerse un poco más a una dulce armonía.
Porque cambiar la perspectiva no siempre cambia el mundo de inmediato… pero casi siempre cambia la manera en que lo enfrentas.
Y eso, muchas veces, es lo que marca toda la diferencia entre el vivir en caos o el vivir en bienestar.
Una de las cosas que más nos afecta, aunque no lo notemos, es el entorno en el que vivimos.
Las personas con las que compartimos el día a día terminan influyendo en lo que pensamos, en lo que creemos posible y hasta en nuestro nivel de ambición.
Y no porque seamos débiles, sino porque así funciona la mente humana: se adapta al grupo para sobrevivir.
Por eso siempre me acuerdo de una amiga de la universidad.
Ella tenía un sueño grande, pero cometió un error muy común: se rodeó del grupo equivocado.
En vez de juntarse con quienes avanzaban, decidió quedarse con los que todos llamaban “los fracasados”.
Y lo hizo por una razón que en su momento sonaba noble: “Cuando alguno de ellos triunfe, les vamos a callar la boca a todos esos que se creen mejores”.
Ella esperaba verlos cambiar.
Pero mientras esperaba… fue ella la que cambió. Para abajo.
Empezó a perder el interés por las clases, se atrasaba en todo, se conformaba con menos.
Al final el entorno le ganó, porque cuando te rodeas de personas sin dirección, lo normal es que tú también pierdas la tuya.
El día que no pasó un examen y ni siquiera le dolió, entendió que estaba tocando fondo.
Y ese mismo día tomó la decisión que le salvó la carrera: alejarse.
Empezó a juntarse con gente enfocada, disciplinada, ambiciosa.
Y fue como si se encendiera de nuevo. No porque ellos fueran mágicos, sino porque ese ambiente la empujaba hacia arriba.
La verdad es simple: tu vida cambia cuando cambias de entorno.
No se trata de creerte más que otros, sino de cuidar tu mente.
De estar donde puedas crecer y no donde te apaguen.
Tú eres valioso y tienes un potencial enorme, pero necesitas estar cerca de personas que alimenten ese potencial, no que lo drenen.
Así que no permitas que el entorno decida por ti.
Rodéate de quienes te eleven.
Aléjate de quienes te hundan.
Y si a alguien le molesta, justamente por eso debías alejarte.
La vida es tuya. El entorno lo eliges tú. Y ahí comienza todo.
Hace muchos años, a comienzos de los 2000, conocí a una persona que vivía quejándose de su situación.
Tenía una visión de la vida muy cerrada, casi siempre pesimista.
Hablaba de lo difícil que era todo, de cómo nada salía bien, de lo mal que estaban las cosas… y así, una queja tras otra.
Hace poco, más de dos décadas después, volví a encontrármelo.
Y me sorprendió algo: seguía diciendo exactamente lo mismo.
Las mismas quejas, las mismas frases, la misma actitud, etc.
Incluso escuchando la misma música y entretenimiento por décadas.
Como si el tiempo no hubiera pasado por dentro de él.
Como si estuviera atrapado en un ciclo eterno, repitiendo el mismo guion una y otra vez.
Y me puse a pensar: ¿Por qué algunas personas no cambian con los años?
¿Por qué no evolucionan?
¿Por qué no amplían su perspectiva?
Porque si te soy honesto, el Gabriel del año 2021 no es el mismo que hoy te dice esto.
Ni siquiera soy igual al del año pasado.
He cambiado, he aprendido, he reconfigurado mi forma de ver el mundo.
Y estoy seguro de que el Gabriel del próximo año también será distinto.
Entonces, ¿qué hace que unas personas cambien y otras no?
Creo que una de las razones más profundas es la falta de lectura.
Los libros nos abren la mente.
Nos enfrentan a nuevas ideas, a otras formas de pensar, a realidades diferentes.
Nos sacuden, nos cuestionan, nos siembran dudas necesarias para crecer.
Leer es como sentarse a conversar con miles de mentes brillantes de todas las épocas.
Cada página es una ventana a otra forma de vivir y de ver el mundo.
Cuando no leemos, cuando no nos nutrimos de nuevas ideas, es fácil quedarnos estancados, repitiendo el mismo discurso, las mismas excusas, las mismas quejas.
Como si estuviéramos atrapados en una versión antigua de nosotros mismos.
No digo que leer sea la única solución, pero sin duda es una puerta.
Una puerta que muchos prefieren no abrir.
Y luego se preguntan por qué su vida no cambia.
Mira lo que pasó en 2020, cuando todos estuvimos encerrados por la pandemia.
La gente “descubrió” que tenía tiempo.
Muchos comenzaron a explorar la tecnología.
Conozco personas mayores que antes la rechazaban por completo.
Hoy no pueden vivir sin ella.
Se atreven a hacer más cosas, comprenden mejor el mundo, incluso se familiarizan con otros idiomas.
La tecnología les dio una nueva perspectiva.
Entonces surge una pregunta:
¿Quiere decir esto que ya no necesitamos los libros?
No necesariamente.
Hay quienes usan el celular para leer documentos, y eso está bien.
Pero, desde mi punto de vista, nada reemplaza la experiencia de leer un buen libro.
En los dispositivos hay mucha información útil, sí, pero también una gran cantidad de ruido, distracción y contenido basura que no aporta nada a tu evolución personal.
Por eso, hoy quiero invitarte a leer más cada día.
No para alardear de cuántos libros terminas al año, sino para preguntarte sinceramente:
¿Qué estás aprendiendo con cada libro que lees?
¿Qué nuevas puertas estás abriendo en tu mente?
No te quedes siendo la misma versión de ti, año tras año.
Tienes el poder de cambiar, de crecer, de expandir tu perspectiva.
Y tal vez, solo tal vez, todo empiece con una página.
Hace algunos años en este país, un personaje que desconozco dijo una frase que levantó bastantes ronchas en el público general.
Lo que dijo ardió tanto a la gente que hasta yo que no veo noticias ni TV me llegue a dar cuenta.
Mencionaba algo así como que la persona que es pobre es pobre porque quiere.
Mejor dicho, se le fueron con uñas y dientes a la yugular por haber dicho algo tan sacrílego.
Bueno, sí soltamos un poco las pasiones, yo creería que lo que dijo esta persona no está muy lejos de la realidad.
Lo que más bien se equivocó fue en la expresión que utilizó.
Yo diría que la frase correcta que debió utilizar es que la personas son pobres no por que quieran sino por ignorancia.
No estoy diciendo que sean brutos o que cuenten con alguna discapacidad mental.
Ignorancia se refiere más bien a la falta de información.
¿Qué es lo que hace que una persona gane más dinero que otra?
Quizás me puedas decir en este momento que la diferencia la hace el grado de escolaridad.
O tal vez me digas que eso tiene que ver mucho con los contactos, carisma, etc.
En cualquier caso, si observas se trata de información.
Por ejemplo, si una persona ignora que para ganar dinero tiene que mejorar su carisma, pues ya sabes porque mantiene en su estado financiero actual.
Mira, yo muchas veces me llegué a preguntar como ganar más dinero.
Porque para serte sincero trabajando no es mucho lo que se gane.
Y si lo hace no es mucho el tiempo con el que cuenta para disfrutarlo.
Así que, si piensas que trabajando en una fábrica vas a volverte rico o al menos mejorar tu economía, mejor piénsalo de nuevo.
Prácticamente eso es lo que hacen la mayoría de las personas y ya sabemos sus resultados.
Si buscamos información en libros sobre educación financiera, la mayoría nos dicen que debemos incrementar nuestros ingresos pasivos.
Por si no lo sabes, un ingreso pasivo es simplemente una inversión que haces y que te produce dinero este presente o no.
No importa si duermes o estas de vacaciones, un ingreso pasivo te produce dinero.
Un ejemplo de esto es un local o apartamento que tengas alquilado, o si cuentas con la suerte de ser músico y componer un éxito musical, eso te estaría dando rendimiento de forma automática.
Pero, para hacer este tipo de cositas, hay que tener dinero.
Y si ya sabemos que no lo tenemos, ¿entonces ahí qué?
Nuevamente los que “iluminan” nuestra ignorancia nos dice que debemos ahorrar.
Pero esto también es utópico, pues ¿cuánto dinero debemos ahorra para comprar así sea un pequeño local?
Y digamos que conseguimos el dinero prestado, tampoco hacemos nada pues prácticamente nos vamos a pasar mucho tiempo sin ganancia alguna.
Es por eso por lo que algunos prefieren delinquir o tomar caminos más “fáciles”.
Y tal vez me digas en este momento: “bueno Gabrielito lindo, tú que sabes tantas cositas, ¿qué se podría hacer en estos casos?”
Bueno de acuerdo con mi “humilde opinión como científico”, una cosa que podría ayudarte es la inversión en divisas.
Cosa que no te puedo explicar aquí pues aún no soy experto en el tema.
Pero lo que si te puedo decir es que, con una pequeña cantidad, mucha información y disciplina, puedes llegar a mejorar tus estados financieros.
Así pues, es mi intención mediante esta información animarte a estudiar nuevas posibilidades de ingresos.
Para serte honesto, estos temas de inversiones de divisas a mi producían mucha pereza.
Pero por cosas del destino o de pura casualidad llegué a tener contacto con este mundo y créeme que no solo es interesante sino muy apasionante.
Mientras tú sigues esperando a que vengan el angelito vestido de traje con la maletita llena de un millón de dólares a solucionarte la vida, otros están invirtiendo tiempo y energía en capacitarse para traer bienestar a sus vidas.
Ingeniero de Sistemas e Investigador del Pensamiento Humano y las emociones, y como estas influyen en las decisiones que tomamos cada segundo para tener éxito o fracaso.