Hay momentos en la vida en los que todo parece estar en orden.
No hay grandes crisis ni urgencias evidentes, pero algo dentro se siente apagado.
Sigues levantándote cada día, cumples con lo que toca, avanzas.
Sin embargo, ya no estás realmente ahí.
La vida continúa, pero tú solo la acompañas.
Eso es vivir en piloto automático.
No sucede de golpe. El piloto automático se instala lentamente.
Dejas de cuestionar decisiones, aceptas rutinas que no elegiste conscientemente y repites patrones solo porque siempre han estado ahí.
Cuando te das cuenta, tu vida avanza, pero tu presencia se ha quedado atrás.
Tengo una amiga que un día me dijo que, al despertarse, se preguntaba por qué todos los días parecían iguales.
No era tristeza, era una sensación de repetición constante, de estar viviendo “otro día más”.
No tenía pareja y se quejaba de que los hombres que se le acercaban lo hacían únicamente por el dinero que tenía.
Su vida funcionaba, pero no fluía. Sin notarlo, estaba viviendo en piloto automático.
En ese estado reaccionas más de lo que eliges.
Respondes al trabajo, a las expectativas de otros, a las mismas decepciones.
No porque quieras, sino porque nunca te detuviste a elegir diferente.
Y así, poco a poco, vas cediendo partes de tu poder personal.
Aparece entonces un cansancio que no se explica con descanso.
No es físico, es interno. Es la señal de que algo dejó de conectar contigo.
Vivir en piloto automático no es pereza ni falta de capacidad; es desconexión.
El cambio no empieza con grandes decisiones, sino con una pregunta honesta:
¿Esto que estoy viviendo lo sigo eligiendo o solo lo mantengo por costumbre?
Cuando te haces esa pregunta, la conciencia despierta.
Tal vez no estás perdido. Tal vez solo te desconectaste de ti.
Y cuando recuperas la conciencia, recuperas el poder.
Ese poder que siempre estuvo ahí, esperando a que vuelvas a habitar tu propia vida.
Salir del piloto automático comienza con tomar conciencia de que estás viviendo desconectado.
No implica cambios radicales, sino pausar, observarte y hacerte preguntas honestas.
Revisar rutinas, introducir pequeños cambios y escucharte sin juzgarte ayuda a recuperar presencia.
Asumir responsabilidad sobre cómo respondes a la vida devuelve la sensación de elección.
Despertar no es un momento puntual, sino una práctica constante de volver a ti.



