Retoma el control de tu vida. Estrategias efectivas para el control emocional

lunes, 26 de octubre de 2026

¿Y si Dios no fuera un cajero automático?



¿Y si Dios no fuera un cajero automático?

Hace muchos años, cuando comenzó mi crisis financiera, iba camino a presentarme a un embargo. 


El abogado que me acompañó para presentarme me preguntó qué me había pasado y por qué había llegado a esa situación. 


Seguramente me veía la cara de tragedia que tenía en ese momento y le causó curiosidad. 


Yo le dije que me encontraba en una mala racha y que, por más que buscaba soluciones, nada de lo que hacía me salía como quería o simplemente se bloqueaba. 


Él me dijo: "Gabriel, yo le aconsejo que se aferre a Dios". 


Esa frase me quedó sonando durante mucho tiempo. 


Y aunque me “aferré” a Él, nada de lo que le pedía se daba. Por el contrario, cada día tenía más problemas. 


En resumen, llegué a un punto de tal desesperación que una noche decidí encararlo y, con un lenguaje muy soez que no puedo mencionar en este blog, le dije sus cuantas “verdades”. 


Si te soy sincero, en ese momento para mí la solución era “ofenderlo”, para que me borrara de la faz de la tierra y yo pudiera salir de todos los problemas que tenía. 


Problemas que, siendo completamente honesto, habían sido en buena parte consecuencia de mis propias decisiones. 


Después de que me salió toda esa espuma por la boca, se me vino un pensamiento sobre la razón por la que yo estaba allí. 


Y entonces entendí que mis malas elecciones me habían llevado hasta ese punto. 


No podía responsabilizar a Dios por las decisiones que yo mismo había tomado. 


Desde ese día mi vida comenzó a cambiar y, de alguna manera, parte de ese proceso es lo que ha contribuido a que hoy quiera compartir mis experiencias en este blog. 


Pero con el tiempo también entendí que quizás mi problema no era solamente que estaba pasando por una crisis. 


También tenía una determinada manera de relacionarme con Dios. 


Yo me había acercado a Él desde la necesidad. Desde la urgencia. Desde la desesperación. 


Yo necesitaba que resolviera mis problemas. 


Necesitaba que las cosas salieran como yo quería. 


Necesitaba que me sacara de donde yo mismo me había metido. Y creo que no soy el único. 


Si esto te suena familiar, probablemente eres uno de los tantos que nos hemos acercado a la Divinidad desde la carencia. 


Cuando tenemos problemas, buscamos a Dios. 


Cuando estamos enfermos, pedimos salud. 


Cuando no tenemos dinero, pedimos dinero. 


Cuando una relación está a punto de terminar, pedimos que la salve. 


Cuando estamos contra las cuerdas, levantamos los ojos al cielo. 


Y cuando todo se soluciona, muchas veces volvemos a nuestra vida y nos olvidamos de Él. 


Hasta que aparece el siguiente problema. 


Nos comportamos como si Dios fuera una especie de dispensador o cajero automático celestial al que introducimos nuestra petición, esperamos unos segundos a que salga exactamente lo que pedimos. 


Y lo peor es que, cuando las cosas no suceden como queremos, no solamente nos decepcionamos. 


A veces le exigimos a Dios que se haga nuestra voluntad. Como si Él fuera nuestro empleado. Como si nuestra petición fuera una orden. 


Como si nosotros supiéramos exactamente qué debe suceder, cuándo debe suceder y cómo debe suceder. 


Pero ¿qué pasa cuando las cosas no salen como queremos? 


Nos alejamos. Dejamos de creer. Nos sentimos abandonados. 


Y terminamos cargando solos un peso que quizás nunca tuvimos que cargar de esa manera. 


Muchas veces olvidamos que nuestra relación con la Fuente Divina no debería comenzar únicamente cuando necesitamos algo. 


Nuestra vida ya está ocurriendo. 


Mientras dormimos, nuestro corazón continúa latiendo. 


Seguimos respirando sin pensar conscientemente en cada respiración. 


Nuestro cuerpo continúa digiriendo los alimentos, regulando su temperatura, reparando tejidos y realizando miles de procesos de los que ni siquiera somos conscientes. 


Mientras nosotros estamos completamente desconectados del mundo durante el sueño, hay una enorme cantidad de fuerzas trabajando para mantenernos vivos. 


Y nosotros damos todo eso por sentado. 


No tenemos que pedirle a nuestro corazón: “Por favor, late”. 


No tenemos que recordarles a nuestros pulmones: “Por favor, respiren”. 


No tenemos que supervisar nuestra digestión. Simplemente sucede. 


Y quizás hemos estado tan concentrados en pedirle a Dios lo que todavía no tenemos que hemos olvidado agradecerle por todo aquello que ya estamos recibiendo. 


Hace algún tiempo conocí —o quizá debería decir que descubrí— algo en una gran amiga que me produjo una inquietud muy particular. 


Ella no se acercó al Creador de la misma manera que yo lo había hecho. 


No llegó desde la desesperación. No llegó para pedir que le solucionaran un problema. 


No llegó a exigir respuestas. Se acercó desde la gratitud. 


Para mí, esa es una de las formas más bonitas de acercarse a Dios. 


No preguntando primero: “¿Qué me puedes dar?” 


Sino: “¿Qué puedo agradecerte?” 


A partir de esa inquietud decidí hacer un cambio importante en mi vida. 


Si Dios me había ayudado a salir de aquella situación en la que me encontraba, quería intentar algo diferente. 


Quería dejar de relacionarme con Él solamente desde la necesidad. 


Quería comenzar a caminar por el camino de la gratitud. 


No significa que haya dejado de pedir. 


Todos tenemos momentos en los que necesitamos ayuda. 


La diferencia está en el lugar desde el cual hacemos la petición. 


No es lo mismo acercarse diciendo: 


“Dios, necesito que hagas esto porque así tiene que ser”. 


Que decir: “Dios, esto es lo que deseo y esto es lo que necesito, pero también reconozco que no lo sé todo y agradezco aquello que ya estás haciendo en mi vida”. 


Tal vez ahí comienza una relación diferente. 


Porque Dios deja de ser solamente el botón de emergencia al que acudimos cuando todo se está derrumbando. 


Deja de ser el cajero automático celestial. 


Y comienza a convertirse en algo mucho más profundo: la Fuente a la que reconocemos incluso cuando no estamos pidiendo nada. 


La próxima vez que te acerques a Dios, antes de pedirle algo, realiza una pausa. 


Y simplemente di: “Gracias”. Gracias por estar vivos. Gracias por respirar. 


Gracias por las personas que amamos. 


Gracias por las oportunidades que hemos tenido. 


Gracias incluso por aquellas experiencias difíciles que nos obligaron a mirar nuestras propias decisiones y aprender de ellas. 


Y después, si necesitamos pedir algo, pidámoslo. 


Pero hagámoslo desde la gratitud y no desde la exigencia. 


Porque quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es: 


“¿Por qué Dios no me ha dado lo que le estoy pidiendo?” 


Sino: “¿Cuántas cosas me está dando Dios en este preciso momento que ni siquiera he aprendido a agradecer?”

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lunes, 19 de octubre de 2026

El secreto para dejar de vivir preocupado



El secreto para dejar de vivir preocupado

En el tema anterior vimos la importancia de relajarnos y dejar de sobre pensar en lo que podría ser y nunca ocurrirá. 


Sin embargo, esto es muy fácil decirlo, pero otra cosa es hacerlo. 


Parece que nuestra mente es bastante desobediente y le gusta llenarnos con ansiedad y preocupaciones. 


Y te lo dice alguien que ha tenido a la ansiedad como su mejor amiga durante toda la vida. 


Y quizás en este momento me preguntes: "bueno Gabrielito lindo, ¿cómo podemos relajarnos y soltar aquello que realmente nos preocupa?" 


Hacer esto no es nada fácil, y te lo digo de esa forma porque no quiero desanimarte. 


Pero si te soy completamente honesto, esto es imposible. 


Al menos desde nuestra humanidad. 


La verdad necesitamos de algo o alguien muy superior a nosotros. 


Y aquí estamos entrando en un terreno que para muchos puede ser incómodo y para otros no tanto. 


Pero si eres seguidor de este canal, sabes que desde el principio siempre he dicho que uno vive una mejor vida, si tiene un poder superior que lo apoya. 


Ya sea que le llames Dios, Vida, Universo o como prefieras, sin esa ayuda superior muy poco podemos avanzar con esto de relajarnos. 


Para dejar de sobre pensar en cosas que nos atormentan debemos "creer" en lo que nos dice uno de los textos sagrados de la humanidad. 


Que, si los pájaros que no trabajan comen, nosotros también pues teóricamente valemos más que ellos. 


Y entiendo perfectamente que, en la actualidad, existe una corriente de menos precio por nosotros mismos y el humano en general. 


Básicamente que nosotros somos una plaga y que no merecemos este planeta. 


Bueno, a mí me vas sacando de esa lista, porque yo considero que actúo bien con el planeta y en general con las personas. 


No podemos hacer como los fanáticos políticos o religiosos que lo que nos diga el líder, tomarlo como la verdad irrefutable del Creador. 


Pasa lo mismo con las noticias. 


Estos medios sociales nunca te van a mostrar algo positivo, porque lo negativo y lo que genera escándalo vende más. 


Pero te puedo asegurar, yo que no veo noticias y observo más el mundo real, que la gente quiere hacer el bien y vivir en paz. 


Y no te estoy diciendo algunos, sino la mayoría. 


No ha de faltar el pato que le guste la maldad. 


Pero esto no quiere decir que todo el mundo es malo. 


Mira por ejemplo hace algunas semanas cuando ocurrió un gran terremoto en mi localidad. 


La gente "mágicamente" se llenó de amor por otros y los ayudó de alguna u otra forma. 


Ayudaban a remover escombros para encontrar familiares. 


Donaban comida, sabanas, carpetas, etc. 


Eso no lo hace una mala persona. 


Y era un ambiente de solidaridad impresionante. 


Así que la humanidad no está perdida y aún tenemos el amor de nuestro Creador que se manifiesta en ayudar a otros. 


Y no quiero que me mal interpretes cuando te digo que se vive una mejor vida confiando en un Poder Superior. 


No te estoy mandando a una iglesia, religión o cualquier movimiento espiritual. ¡Que pereza! 


Bueno, si quieres hacerlo eso no es problema mío. 


Finalmente, con esos temas hay que ser muy cuidadoso porque no ha de faltar el negociante que se aproveche de la fe de otros y con tal de tener su dinero les vende el miedo y el castigo eternos. 


Lo que finalmente te quiero decir es que, para dejar esa ansiedad, ese temor al futuro que te estás imaginando hay que soltar esa preocupación en ese Poder Divino. 


Y para hacer eso tienes que hablar con él. 


Ser impresionantemente honesto y decir que te pasa. 


Eso sí, no esperes a que las cosas se solucionen mágicamente y de la noche a la mañana. 


Por ejemplo, yo he mejorado mucho en ese tema de las preocupaciones y la ansiedad. 


Pero eso no quiere decir que me apoye en mi poder superior y al otro dia ya estaba curado. 


Yo sigo teniendo miedo, pero ahora me siento más confiado y tranquilo frente a todo lo que tenga que enfrentar pues ya no me siento que hago las cosas solo. 


Pues ya la estoy haciendo con propósito. 


Quizás más adelante cuente una experiencia muy curiosa que me pasó con este tema del Poder Superior (si este canal llega al millón de suscriptores cuento el chisme). 


Así que quiero animarte mediante esta información a que no actúes en tu vida solo. 


Este mundo nunca ha sido fácil para para picárselas de valiente y hacer eso. 


Hace mucho tiempo leí que por muy separado que te sientas de Dios, si tu das un paso hacia él, él va a dar 2 o más pasos hacia ti.

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lunes, 12 de octubre de 2026

Cómo dejar de sobrepensar



Cómo dejar de sobrepensar

Hay noches en las que el problema no es lo que ocurrió durante el día. 


El problema es todo lo que empieza a ocurrir en nuestra cabeza cuando intentamos dormir. 


Recordamos una conversación. “¿Por qué dije eso?” “¿Será que se molestó?” 


“¿Y si hubiera respondido de otra manera?” Después aparece otro pensamiento. 


“¿Qué pasará mañana?” “¿Y si las cosas salen mal?” “¿Y si tomo la decisión equivocada?” 


Y cuando nos damos cuenta, llevamos una hora acostados intentando resolver problemas que todavía no existen. 


A mí también me ha pasado. 


Lo curioso es que muchas veces creemos que estamos solucionando algo porque estamos pensando mucho en ello. 


Pero pensar y sobrepensar no son lo mismo. 


Pensar nos ayuda a encontrar una respuesta. Sobrepensar nos hace dar vueltas alrededor de la misma pregunta sin llegar a ninguna parte. 


Es como intentar salir de un laberinto caminando en círculos. 


Nuestra mente puede tomar una posibilidad y convertirla rápidamente en una amenaza. 


Un “tal vez” se convierte en un “seguramente”. Un “¿y si?” termina pareciendo una certeza. 


Y empezamos a sufrir por algo que todavía no ha ocurrido. 


¿Por qué lo hacemos? Muchas veces porque queremos tener el control. 


Queremos saber qué va a pasar, qué piensa otra persona o si la decisión que estamos tomando será la correcta. 


Pero hay cosas que simplemente no podemos saber por anticipado. 


Puedes pensar durante horas antes de enviar un mensaje y aun así no puedes controlar la respuesta. 


Puedes analizar una decisión desde todos los ángulos y aun así no puedes conocer el resultado. 


Entonces… ¿cómo dejamos de sobrepensar? No intentando dejar la mente en blanco. 


La clave está en aprender a distinguir entre un problema que puedes resolver y una preocupación que solo estás imaginando. 


Cuando aparezca un pensamiento que no te deja tranquilo, pregúntate: 


¿Esto está ocurriendo ahora? ¿Puedo hacer algo al respecto? 


Si la respuesta es sí, hazlo. Si puedes enviar el mensaje, envíalo. 


Si puedes pedir disculpas, hazlo. Si puedes tomar una decisión, tómala. 


Pero si no puedes hacer nada en este momento, quizá seguir pensando no sea la solución. 


Puedes decirte: “Esto no está bajo mi control.” Y continuar. 


Hace poco entendí algo que me ha servido bastante: no todo pensamiento merece nuestra atención. 


Nuestra mente produce pensamientos constantemente. Algunos son útiles. Otros son recuerdos, miedos o simplemente posibilidades. 


No tienes que discutir con cada uno de ellos. 


Puedes dejar que un pensamiento aparezca sin convertirlo en una historia. 


Porque una cosa es pensar “¿y si todo sale mal?” y otra muy distinta es pasar los siguientes treinta minutos imaginando todas las formas en que podría suceder. 


La próxima vez que te descubras pensando demasiado en lo mismo, detente. Respira. 


Pregúntate qué puedes hacer realmente en este momento. Hazlo. 


Y si no puedes hacer nada, vuelve a tu vida. No necesitas resolver hoy todos los problemas de mañana. 


Hay respuestas que solo aparecerán cuando llegue el momento. 


Y quizá esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar: no siempre necesitamos tener certeza para poder estar tranquilos. 


Pensar es una herramienta maravillosa. 


Pero una herramienta deja de ayudarnos cuando permitimos que ella nos controle. 


Dejar de sobrepensar no significa dejar de pensar. 


Significa aprender cuándo un pensamiento merece nuestra atención y cuándo debemos dejarlo pasar. 


Porque hay cosas que solo se pueden entender después de que ocurren. 


Y hay momentos en los que la mejor respuesta que puedes darle a tu mente es: 


“Ya pensé suficiente. Ahora voy a vivir.”

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lunes, 5 de octubre de 2026

El aburrimiento es el gimnasio de la creatividad



El aburrimiento es el gimnasio de la creatividad

¿Hace cuánto tiempo no te aburres? Pero de verdad. 


Hoy tenemos la costumbre de llenar cualquier espacio vacío con algo. 


Esperamos cinco minutos y sacamos el celular. 


Estamos comiendo y ponemos un video. 


Vamos caminando y escuchamos un podcast. 


Nos acostamos y buscamos algo que ver. 


Parece que tenemos miedo de quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos. 


De acuerdo con mis observatorios y laboratorios sobre este tema, he visto con estos ojitos que tantas cositas han observado, que mucha gente acude al ruido para no quedarse con su “silencio” interior. 


Conozco algunas personas que le suben el volumen a la música, al televisor, etc., especialmente cuando están solas. 


Recuerdo que un profesor de ética que tuve en la universidad nos decía que una de las cosas más difíciles que podemos hacer es escribir lo que estamos pensando o sintiendo. 


Porque en ese momento nos estamos enfrentando a nosotros mismos. 


De allí que muchas personas intenten escapar de sí mismas a través del entretenimiento. 


Lo más irónico es que muchas buenas ideas aparecen precisamente cuando no estamos haciendo nada. 


Mientras te bañas. Mientras caminas. Mientras miras por la ventana. 


Cuando dejas de recibir estímulos constantemente, tu mente empieza a hacer algo que hemos olvidado: pensar por sí misma. 


Conecta ideas, recuerda cosas, imagina posibilidades. 


El problema es que no le damos tiempo. 


Apenas aparece el aburrimiento, lo eliminamos. 


Y después nos preguntamos por qué nos cuesta concentrarnos, crear o simplemente pensar con claridad. 


No necesitamos más entretenimiento. 


Necesitamos un poco más de silencio. 


Así que la próxima vez que tengas unos minutos libres, prueba algo diferente. 


No saques el celular. No busques qué hacer. Abúrrete. 


Tal vez descubras que ese vacío que tanto intentabas llenar era precisamente el espacio que necesitabas para que apareciera una buena idea. 


El aburrimiento es el gimnasio de la creatividad.

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lunes, 28 de septiembre de 2026

El día que descubrí que llevaba años viviendo dormido



El día que descubrí que llevaba años viviendo dormido

Hay días que parecen exactamente iguales. 


Te levantas, haces lo que tienes que hacer, miras el teléfono, trabajas, comes, vuelves a mirar el teléfono, resuelves algunos problemas y, cuando llega la noche, te das cuenta de que otro día se fue. 


Lo extraño es que mientras todo eso ocurre, casi nunca nos preguntamos si realmente estamos viviendo como queremos. 


Simplemente seguimos. 


Durante años hice muchas cosas porque siempre las había hecho así. Tenía rutinas, costumbres, formas de reaccionar y hasta pensamientos que aparecían automáticamente ante determinadas situaciones. 


No me detenía a preguntarme de dónde venían. Pensaba que eran simplemente parte de mí. 


Y quizá ese sea uno de los problemas más grandes de vivir en piloto automático: terminas confundiendo tus patrones con tu personalidad. 


Si siempre has dejado las cosas para después, empiezas a pensar que eres una persona procrastinadora. 


Si abandonas lo que empiezas, piensas que te falta disciplina. 


Si ante cualquier dificultad buscas una distracción, crees que simplemente no tienes suficiente fuerza de voluntad. 


Pero hay una pregunta mucho más interesante: 


¿Y si no eres así? ¿Y si simplemente aprendiste a funcionar de esa manera? 


Nuestro cerebro busca caminos conocidos. Repetir resulta más fácil que cuestionar. Por eso podemos pasar años utilizando el mismo teléfono, consumiendo el mismo tipo de contenido, reaccionando de la misma forma ante los problemas y tomando decisiones parecidas sin detenernos a pensar hacia dónde nos están llevando. 


Y eso puede convertirse en una trampa. 


Porque no necesitas tomar una gran decisión equivocada para alejarte de la vida que quieres. 


A veces basta con repetir pequeñas decisiones que parecen insignificantes. 


Cinco minutos más en el teléfono. Mañana empiezo. Hoy estoy cansado. 


Después lo hago. Esta vez no importa. Una sola vez no cambia nada. 


Pero una decisión repetida cientos de veces termina construyendo una vida. 


Lo interesante es que el momento en que empiezas a darte cuenta de esto puede ser también el momento en que empiezas a recuperar el control. 


No necesitas cambiar toda tu rutina de un día para otro. 


Empieza por algo mucho más sencillo: presta atención a lo que haces cuando nadie te está diciendo qué hacer. 


Ahí aparecen muchas respuestas. 


¿Qué haces cuando tienes tiempo libre? ¿Qué buscas cuando estás aburrido? 


¿Qué haces cuando algo se vuelve difícil? ¿Dónde se va tu atención? 


¿En qué momentos abandonas lo que sabes que es importante? 


Las respuestas pueden resultar incómodas, pero también pueden mostrarte algo que antes no veías. 


Porque no puedes cambiar un patrón mientras sigas actuando dentro de él sin darte cuenta. 


Quizá llevas mucho tiempo intentando cambiar tus resultados cuando, en realidad, necesitas empezar a cambiar la forma en que estás funcionando todos los días. 


Y esto no significa vivir analizando cada pensamiento o controlar absolutamente todo lo que haces. 


Significa recuperar algo que el piloto automático va quitando poco a poco: 


la capacidad de decidir conscientemente. 


Decidir qué merece tu atención. Qué hábitos quieres conservar. 


Qué comportamientos ya no quieres seguir alimentando. 


Y, sobre todo, qué clase de persona quieres construir a través de tus acciones diarias. 


Porque al final, tu vida no se construye solamente con las grandes decisiones. 


También se construye con esas pequeñas acciones que repites cuando nadie está mirando. 


Y quizá ese fue el verdadero descubrimiento: no estaba perdido. 


Simplemente llevaba demasiado tiempo repitiendo una vida que nunca me había detenido a cuestionar. 


Y el día que empiezas a cuestionarla, algo cambia. 


Porque por primera vez dejas de reaccionar y empiezas a elegir.

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lunes, 21 de septiembre de 2026

No todo merece una respuesta



No todo merece una respuesta

Hay personas que tienen la extraña habilidad de hacernos perder la paciencia. 


Dicen algo que saben que nos va a molestar y nosotros, como si hubiéramos recibido una orden, inmediatamente respondemos. 


Y ahí comienza la discusión. Uno dice algo. El otro responde. 


Luego viene otra respuesta y cuando menos pensamos llevamos media hora discutiendo por algo que probablemente dentro de unos días ni siquiera vamos a recordar. 


¿Te ha pasado? 


A mí me parece curioso cómo algunas personas sienten que siempre tienen que responder. 


Si alguien los critica, responden. Si alguien los contradice, responden. 


Si alguien los provoca, responden. 


Si alguien publica algo en las redes sociales con lo que no están de acuerdo, allá van ellos a explicarle al mundo por qué están equivocados. 


Y yo me pregunto: ¿Realmente necesitamos responder a todo? 


La verdad es que no. Hay cosas que sencillamente no merecen nuestra atención. 


Y mucho menos nuestra tranquilidad. 


Porque cuando alguien consigue hacernos reaccionar, de alguna manera también consiguió controlar nuestro estado emocional. 


Imagina que alguien te dice algo con la intención de molestarte. 


Tú te enfadas. Le respondes. La otra persona vuelve a contestar. Y tú vuelves a responder. 


¿Quién está controlando a quién? 


Probablemente esa persona está haciendo su día tranquilamente mientras tú llevas veinte minutos pensando en qué decirle. 


Aquí aparece algo que considero muy importante para nuestra vida: el silencio también puede ser una respuesta. 


Y no estoy hablando de quedarse callado por miedo. 


Estoy hablando de tener la capacidad de decir: “Podría responder, pero no vale la pena”. Eso es autocontrol. 


No necesitas demostrarle a todo el mundo que tienes razón. 


Tampoco necesitas explicar cada decisión que tomas. 


Hay personas que no quieren entenderte, por más explicaciones que les des. 


Entonces, ¿para qué gastar tu energía? 


Hace algunos años probablemente habría pensado que quedarse callado era una señal de debilidad. 


Hoy pienso todo lo contrario. 


En muchas ocasiones se necesita más fortaleza para guardar silencio que para responder. 


Porque responder es fácil. Lo difícil es controlar ese impulso que te dice: “¡Respóndele!” “¡No te dejes!” “¡Dile lo que se merece!” 


Pero no todo merece una batalla. 


Hay discusiones que no van a cambiar nada. 


Hay personas que no van a cambiar de opinión. 


Por más argumentos que le des a una persona si cree lo contrario no lo vas a cambiar. 


Hay provocaciones que solo buscan una reacción. 


Por lo menos yo soy ejerzo mi maldad provocando a las personas de mi entorno. 


Años atrás lo hacía más. Hoy en día casi no porque mis tareas no me lo permiten. 


Es algo que siempre he disfrutado. Ver la reacción de una persona a la provocación. 


Es por eso que hay momentos en los que lo más inteligente que puedes hacer es simplemente continuar con tu vida. 


Esto tampoco significa permitir que los demás abusen de ti. 


Hay momentos en los que debemos hablar. 


Debemos poner límites. Debemos defendernos. 


Pero una cosa es defenderte y otra muy diferente es reaccionar impulsivamente ante cada situación. 


La próxima vez que alguien diga algo que te moleste, prueba algo diferente. 


No respondas inmediatamente. Espera unos minutos. 


Respira. Piensa. Pregúntate si realmente vale la pena. 


Tal vez descubras que aquello que parecía tan importante hace unos minutos realmente no merece ni cinco minutos de tu tiempo. 


Y si finalmente decides responder, hazlo desde la tranquilidad y no desde la rabia. 


Porque cuando aprendes a controlar tus emociones, comienzas a recuperar algo que muchas personas entregan sin darse cuenta: el control sobre sí mismas. 


Recuerda: No todo merece una respuesta. Algunas cosas simplemente merecen silencio... y que sigas adelante.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

No estás aplazando la tarea... estás evitando sentir



No estás aplazando la tarea... estás evitando sentir

Hay tareas que llevamos días aplazando y no entendemos por qué.  


Sabemos que tenemos que hacerlas. Sabemos que son importantes.  


Incluso sabemos que cuanto más las retrasemos, peor nos vamos a sentir.  


Y aun así, encontramos cualquier cosa para no hacerlas.  


Revisamos el celular, organizamos algo que podía esperar, buscamos otra actividad o simplemente nos decimos: “mañana lo hago”.  


Entonces aparece la explicación más fácil: “Soy perezoso.”  


Pero no siempre es pereza. A veces estamos evitando una emoción.  


Hay personas que aplazan una llamada porque temen recibir una mala noticia.  


Otras evitan comenzar un proyecto porque tienen miedo de fracasar.  


Algunas postergan una conversación porque no quieren enfrentarse al conflicto, a la culpa o a lo que la otra persona pueda decir.  


La tarea puede ser sencilla. Lo difícil puede ser lo que sentimos cuando pensamos en hacerla.  


Y aquí aparece una trampa: aplazar produce alivio.  


Por unos minutos dejamos de pensar en aquello que nos preocupa.  


Sentimos que el problema desapareció.  


Pero no desapareció. Solo lo trasladamos al futuro.  


Después llega la culpa por no haberlo hecho, la preocupación porque queda menos tiempo y, en ocasiones, una ansiedad todavía mayor.  


Así podemos entrar en un círculo bastante conocido:  


Evito → siento alivio → pasa el tiempo → aumenta la preocupación → vuelvo a evitar.  


Por eso, la próxima vez que descubras que estás aplazando algo importante, quizá valga la pena cambiar la pregunta.  


En lugar de preguntarte: “¿Por qué no hago esto?”  


Pregúntate: “¿Qué siento cuando pienso en hacerlo?”  


Y después: “¿Estoy evitando la tarea o estoy evitando esa emoción?”  


La respuesta puede cambiar la manera de enfrentar el problema.  


Porque no siempre necesitamos esperar a sentirnos motivados, tranquilos o seguros para comenzar.  


A veces tenemos que aprender algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo:  


Podemos sentirnos incómodos y aun así dar el primer paso.  


Quizá ese sea uno de los verdaderos aprendizajes detrás de la procrastinación: no necesitamos dejar de sentir para avanzar.  


A veces necesitamos avanzar mientras sentimos.

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lunes, 7 de septiembre de 2026

Cuando ganar una discusión significa perder una relación



Cuando ganar una discusión significa perder una relación

Hay personas que necesitan tener la razón en absolutamente todo. 


No importa si están hablando con su pareja, con un amigo o con alguien que quieren. 


Si sienten que están equivocadas… necesitan demostrar que no. 


Y aquí viene algo que quizás no nos guste reconocer. 


A veces no estamos defendiendo la verdad. 


Estamos defendiendo nuestro ego. 


Hay discusiones que empiezan por cosas insignificantes. 


Quién dijo qué. Quién hizo algo primero. Quién entendió mal. 


Y de repente… Una conversación de cinco minutos termina convirtiéndose en una pelea de horas. 


Esto pasa porque dejamos de intentar solucionar el problema y empezamos a intentar ganar. 


Y cuando quieres ganar una discusión, dejas de escuchar. 


La otra persona habla… Y tú ya estás preparando tu respuesta. 


Te dice cómo se sintió… Y tú respondes: “Pero tú también lo hiciste.” 


Y quizás tengas razón. 


Pero puedes tener razón… y aun así estar destruyendo algo importante. 


Porque tener la razón no siempre significa estar haciendo lo correcto. 


Piensa en esto. ¿Qué ganas cuando consigues demostrarle a alguien que estaba equivocado? 


¿Un punto? ¿La satisfacción de decir “te lo dije”? ¿Y qué puedes perder? 


La confianza. La tranquilidad. La cercanía. Tal vez incluso una relación. 


El ego es extraño. Prefiere tener razón antes que estar en paz. 


Prefiere decir “te lo dije” antes que decir “perdóname”. 


Y muchas veces nos cuesta más reconocer un error que perder a una persona. 


No se trata de aceptar todo. Hay momentos para poner límites. 


Hay momentos para defenderse. Y hay momentos en los que realmente tenemos razón. 


Pero tener razón también implica saber qué hacer con ella. 


Puedes utilizarla para humillar… o para construir. 


Puedes decir: “Te lo dije, estabas equivocado.” 


O simplemente: “Creo que estamos viendo las cosas de manera diferente. Hablemos.” 


No todas las discusiones necesitan un ganador. Algunas necesitan comprensión. 


Otras necesitan una disculpa. 


Y algunas necesitan que alguien tenga la madurez suficiente para decir: “Puede que tengas razón.” 


Eso no te hace débil. Al contrario. 


Cuando dejas de necesitar tener siempre la razón, empiezas a escuchar mejor, a aprender más y a vivir con menos necesidad de demostrar quién eres. 


Así que la próxima vez que estés en medio de una discusión, detente un momento y pregúntate: 


¿Qué quiero ganar? ¿La discusión… o la relación? 


Porque algunas veces… ganar una discusión es la forma más rápida de perder a alguien. 


Saber cuándo defender una idea… y cuándo vale mucho más la pena conservar una relación. 


Porque no siempre gana quien tiene la razón. 


A veces gana quien sabe cuándo dejar de pelear.

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lunes, 31 de agosto de 2026

El miedo al rechazo está tomando decisiones por ti



El miedo al rechazo está tomando decisiones por ti

¿Cuántas cosas has dejado de hacer por miedo a que alguien te diga que no? 


Tal vez no escribiste ese mensaje. No dijiste lo que sentías. 


No pediste una oportunidad. No pusiste un límite. No comenzaste ese proyecto. 


No te acercaste a esa persona. Y quizás nadie te rechazó… 


Porque fuiste tú quien decidió no intentarlo. 


El miedo al rechazo puede ser muy silencioso. 


No siempre aparece como miedo. A veces se disfraza de excusas. 


“Mejor después.” “Seguro no va a funcionar.” “Para qué intentarlo.” “Eso no es para mí.” 


Pero detrás de muchas de esas frases puede existir una pregunta: ¿Y si me rechazan? 


Y a veces esa pregunta también se convierte en: ¿Qué van a pensar de mí? 


El problema comienza cuando dejamos que esas posibilidades tomen nuestras decisiones. 


Porque queremos evitar sentirnos mal y terminamos evitando también las oportunidades de crecer. 


Esto ocurre especialmente en las relaciones. 


Hay personas que soportan situaciones que no quieren porque tienen miedo de quedarse solas. 


Dicen que sí cuando quieren decir que no. Callan para evitar discusiones. 


Aceptan menos de lo que merecen por miedo a perder a alguien. 


Pero… ¿De qué sirve conservar una relación si para hacerlo tienes que perderte a ti mismo? 


El rechazo duele. Claro que duele. 


Que alguien no te elija puede hacernos cuestionar nuestro valor. 


Pero que alguien diga “no” no significa que tú no seas suficiente. 


A veces simplemente significa que no eres lo que esa persona está buscando. 


Y está bien. Tú tampoco eliges a todas las personas. 


No todos los caminos son para ti. No todas las relaciones funcionan. 


No todas las oportunidades llegan en el momento correcto. 


Crecer también significa aprender a aceptar que algunas cosas no van a salir como queremos. 


Porque si quieres crecer, tendrás que arriesgarte. Tendrás que preguntar. 


Intentar. Hablar. Equivocarte. Y algunas veces escuchar un “no”. 


No puedes controlar si alguien te acepta o te rechaza. 


Tampoco puedes controlar lo que los demás piensan de ti. 


Pero sí puedes decidir cuánto poder les das sobre tus decisiones. 


Puedes recibir un “no” sin convertirlo en: “No valgo.” “No soy capaz.” “No soy suficiente.” 


Y quizás lo más importante… Puedes dejar de rechazarte antes de que los demás tengan la oportunidad de hacerlo. 


La próxima vez que estés a punto de hacer algo y aparezca el miedo, pregúntate: 


¿Realmente no quiero hacerlo? ¿O tengo miedo de que me rechacen? 


¿O estoy pensando demasiado en lo que los demás van a decir? 


Porque existe una gran diferencia. Cuando decides porque no quieres… 


Estás eligiendo. Pero cuando decides porque tienes miedo… El miedo está eligiendo por ti. 


No necesitas dejar de sentir miedo. Necesitas aprender a no obedecerlo siempre. 


Porque tal vez el verdadero autopoder comienza cuando dejas de preguntarte: 


“¿Y si me rechazan?” “¿Qué van a pensar de mí?” 


Y empiezas a preguntarte: “¿Qué quiero hacer yo?” 


Porque al final… No se trata de conseguir que todos te acepten. 


Se trata de no rechazarte a ti mismo para conseguir la aprobación de los demás.

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Ingeniero de Sistemas e Investigador del Pensamiento Humano y las emociones, y como estas influyen en las decisiones que tomamos cada segundo para tener éxito o fracaso.

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