Hace unos días nuestra localidad eligió un nuevo gobierno.
Como era de esperarse, algunos celebran el resultado mientras otros expresan su inconformidad.
Hasta ahí todo es normal. Lo que me llama la atención no es quién ganó o quién perdió, sino la rapidez con la que aparecen los jueces de la moral.
Comienzan las frases de siempre: "son unos corruptos", "todos vienen a robar", "este país nunca va a cambiar".
Y mientras leo esos comentarios no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿cuántas de las personas que escriben eso son completamente honestas en su vida diaria?
No estoy hablando de millones de pesos ni de grandes escándalos.
Hablo de esas pequeñas acciones que hemos aprendido a justificar porque "todo el mundo lo hace".
Pasarse un semáforo en rojo porque no vienen carros.
Llevarse para la casa materiales de la empresa.
Dedicar horas del trabajo a resolver asuntos personales.
Encontrar un dinero que alguien perdió y quedarse callado.
Colarse en una fila. Copiar en un examen. Mentir para obtener un beneficio.
Nos gusta llamar corrupción únicamente a la que sale en las noticias, pero la corrupción no comienza en un despacho público.
Comienza cuando una persona decide que sus intereses están por encima de lo correcto.
Hay una frase que siempre ha generado discusión: "El pueblo es digno de sus gobernantes".
Durante mucho tiempo pensé que era una frase demasiado dura. Hoy la entiendo de otra manera.
Los gobernantes no vienen de otro planeta.
Salen de las mismas familias, de las mismas escuelas, de los mismos barrios y de la misma cultura en la que vivimos todos.
Si una sociedad normaliza la deshonestidad en lo pequeño, tarde o temprano terminará encontrándola también en lo grande.
Queremos políticos honestos, pero muchas veces educamos hijos que aprenden que hacer trampa es ser más vivo.
Exigimos transparencia mientras buscamos la manera de evitar las normas cuando nadie nos está mirando.
Pedimos justicia, pero solamente cuando el perjudicado somos nosotros.
Hace muchos años trabajé con un señor.
Era un hombre que había construido un patrimonio importante y siempre me llamó la atención la tranquilidad con la que hablaba de los negocios y de la vida.
Un día, movido por la curiosidad, le pregunté si toda esa riqueza venía de su familia o si la había construido él mismo.
Sonrió y me respondió que había empezado desde cero.
Luego hizo una pausa y me dijo:
"Si alguna vez puedo darte un consejo, es este: procura ser lo más justo posible con la vida, para que la vida sea justa contigo."
En ese momento pensé que estaba hablando únicamente de los negocios.
Con los años entendí que hablaba de algo mucho más profundo.
Ser justo con la vida es actuar correctamente incluso cuando nadie nos está observando.
Es no aprovecharse de los demás, cumplir la palabra, respetar lo que no nos pertenece y hacer lo correcto, aunque hacerlo implique un sacrificio.
Con el tiempo comprendí que la verdadera riqueza de este empresario no estaba solamente en lo que había logrado construir, sino en la filosofía con la que había decidido vivir.
No era una promesa de que nunca tendríamos problemas.
Era una forma de entender la existencia.
Cada acto de honestidad fortalece nuestro carácter.
Cada decisión correcta, aunque nadie la vea, nos convierte en la clase de persona que queremos encontrar en los demás.
Tal vez por eso el cambio que esperamos nunca empieza con un nuevo alcalde, un nuevo gobernador o presidente.
Empieza cuando dejamos de justificar nuestras pequeñas deshonestidades.
Porque es muy fácil exigir un país diferente. Lo difícil es convertirse en una persona diferente.
Y esa, aunque muchos no lo crean, sigue siendo la única revolución que realmente cambia una sociedad.





