Durante mucho tiempo tuve una relación rara con el dinero.
No de odio abierto, sino algo más sutil: culpa, desconfianza, la sensación de que si me acercaba demasiado algo malo podía pasar.
Y curiosamente, mientras más intentaba ser “espiritual”, más lejos parecía quedar.
En mi caso sí hubo alguien que lo dijo de forma directa.
Una persona cercana solía advertirme: “¿Para qué quieres tanto dinero, si al final vas a terminar lleno de tubos para respirar?”. El mensaje era claro: el dinero te enferma.
Años después esa misma persona falleció, y murió precisamente llena de tubos.
En su funeral pensé algo que nunca pude decirle en vida: “¿Te fijas? El dinero no tenía la culpa.
No lo tuviste… e igual terminaste llena de tubos”.
Ahí entendí que había cargado durante años una creencia que no era verdad, solo miedo heredado.
Con el tiempo empecé a repetir ideas que sonaban profundas, pero en el fondo eran defensas: que el dinero corrompe, que buscarlo te vuelve superficial, que lo espiritual está peleado con lo material.
Y aunque pueden tener algo de verdad, también pueden ser una jaula.
Recordé entonces a un personaje que decía que el dinero era el estiércol del demonio.
En su exageración había un símbolo claro: el dinero como ídolo.
Y ahí cayó la ficha. El problema nunca fue el dinero, sino el lugar que le damos.
El dinero no es espiritual ni anti-espiritual.
Es una herramienta.
Pero cuando empieza a definir quién eres o cuánto vales, deja de ser herramienta y se convierte en juez. En ídolo.
Y rechazarlo tampoco te hace más consciente; a veces solo te vuelve más limitado y resentido.
Sanar mi relación con el dinero no fue empezar a amarlo, sino quitarle identidad.
Entender que no me hace mejor ni peor, solo amplifica lo que ya soy.
Desde ahí empecé a observar mis gastos sin culpa, a cobrar por lo que sé hacer sin disculparme y a guardar dinero sin sentir que hacía algo mal.
Hoy entiendo que la espiritualidad real no huye del mundo.
Lo habita con conciencia.
Y que el dinero no es el enemigo del alma, sino un espejo del ego.
No por tenerlo, sino por cómo lo usas y qué crees que dice de ti.
Si este tema incomoda un poco, está bien.
A mí también me incomodó escribirlo.
Porque casi siempre, detrás de la incomodidad, hay una verdad esperando ser integrada.



