La ansiedad me ha acompañado desde que era niño.
En ese entonces no sabía ponerle nombre, solo sentía esa presión interna que aparecía cuando tenía que entregar una tarea en el colegio.
Días antes ya estaba imaginando que algo iba a salir mal: que no la iba a terminar, que me iba a equivocar, que el profesor me iba a llamar la atención.
Muchas veces la tarea se entregaba, todo salía bien… pero el sufrimiento ya había ocurrido.
Con el tiempo entendí que la ansiedad no espera a que las cosas pasen, se adelanta.
Vive en el “y si…”, en escenarios que casi nunca se materializan, pero que la mente presenta como inevitables.
De niño era una tarea; hoy, ya de adulto, esa misma sensación aparece cuando debo desarrollar un proyecto, cumplir una fecha, tomar una decisión importante.
El contexto cambia, pero el mecanismo es el mismo.
He notado que la ansiedad hace sufrir a las personas de forma innecesaria.
No porque el problema sea real, sino porque la mente lo convierte en una amenaza antes de tiempo.
El cuerpo reacciona como si estuviera frente a un peligro inmediato, cuando en realidad solo está anticipando una versión exagerada del futuro.
Esa anticipación constante desgasta, agota y nos roba la tranquilidad incluso cuando todo va relativamente bien.
Lo curioso es que muchas veces aquello que tanto tememos termina resolviéndose de una forma mucho más simple de lo que imaginábamos.
Pero la ansiedad no se queda a comprobarlo; ella ya cobró su precio emocional por adelantado.
Nos hace pagar hoy por problemas que quizá nunca existirán.
Con los años he aprendido que la ansiedad no desaparece solo por entenderla, pero sí cambia cuando uno la reconoce.
Saber que es una respuesta automática, que no siempre dice la verdad y que no define quién soy, ayuda a tomar un poco de distancia.
Aun así, hay momentos en los que se intensifica y se necesita apoyo inmediato.
En esos casos, los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) pueden ser una herramienta útil.
Existen aplicaciones gratuitas de PAP pensadas para momentos de crisis emocional, como episodios de ansiedad o angustia intensa.
No reemplazan la terapia, pero ofrecen orientación y contención en el momento exacto en que más se necesita.
A veces, tener ese apoyo a la mano marca la diferencia entre quedar atrapado en la ansiedad o poder atravesarla con un poco más de calma.



