Retoma el control de tu vida. Estrategias efectivas para el control emocional

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lunes, 10 de agosto de 2026

Cada vez que dices sí por miedo... te dices no a ti mismo



Cada vez que dices sí por miedo... te dices no a ti mismo

Hay una palabra tan pequeña que apenas tiene dos letras, pero para muchas personas pesa toneladas. Esa palabra es "no". 


Curiosamente, no nos cuesta decir "sí" cuando no queremos ir, cuando no tenemos tiempo, cuando estamos cansados o cuando simplemente necesitamos un momento para nosotros. 


Decimos "sí" para evitar discusiones, para no decepcionar a alguien, para que no nos llamen egoístas o porque creemos que si ponemos límites los demás dejarán de querernos. 


Y así, poco a poco, comenzamos a desaparecer. 


Nos acostumbramos a estar disponibles para todos, menos para nosotros mismos.  


Ayudamos, escuchamos, resolvemos problemas, hacemos favores, aceptamos responsabilidades que ni siquiera nos corresponden y terminamos el día agotados, preguntándonos por qué sentimos tanto cansancio si, en teoría, solo estuvimos "ayudando". 


La respuesta suele ser incómoda. 


Porque cada vez que dices "sí" por miedo, por culpa o por obligación, hay una parte de ti que está escuchando un enorme "no". 


Un no a tu descanso. Un no a tus necesidades. Un no a tus prioridades. Un no a tu tranquilidad. 


Con el tiempo eso pasa factura. 


No siempre aparece como tristeza. 


A veces llega como irritabilidad, ansiedad, agotamiento, falta de motivación o esa sensación de que los demás esperan demasiado de ti. 


Lo más curioso es que muchas veces no son los demás quienes esperan tanto. 


Fuimos nosotros quienes les enseñamos que siempre estábamos disponibles. 


Aprender a decir "no" no significa convertirse en una mala persona. 


Tampoco significa dejar de ser amable o solidario. Significa entender que tu bienestar también importa. 


Hay personas que se sienten culpables cuando ponen un límite. Es normal. 


Durante años aprendieron que ser buena persona era complacer a todos. 


Pero una cosa es ser amable y otra muy distinta es abandonarte para que los demás estén cómodos. 


No necesitas justificar cada decisión. 


No tienes que inventar excusas elaboradas para proteger tu tiempo. 


Un "hoy no puedo", un "prefiero no hacerlo" o un "gracias por pensar en mí, pero esta vez paso" son respuestas completamente válidas. 


Quien realmente te aprecia entenderá que también tienes límites. 


Y quien solo se acerca cuando siempre dices que sí, quizá nunca estuvo interesado en ti, sino en la comodidad que representabas. 


La autoestima también se construye con pequeñas decisiones. 


Cada vez que respetas tus límites, te envías un mensaje muy poderoso: "Lo que siento importa". 


Y cuando ese mensaje se repite una y otra vez, comienzas a tratarte con el mismo respeto que siempre has tenido para los demás. 


Tal vez hoy no necesites cambiar toda tu vida. 


Tal vez solo necesites practicar un "no" cuando realmente quieras decir "no". 


Al principio será incómodo. Después será natural. 


Y un día descubrirás que poner límites no alejó a las personas correctas; simplemente hizo espacio para una relación más sana contigo mismo. 


Porque al final, cuidar de los demás siempre será algo valioso, pero no debería costarte perderte a ti en el camino.

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lunes, 3 de agosto de 2026

La culpa no corrige el pasado... solo castiga tu presente



La culpa no corrige el pasado... solo castiga tu presente

Hay personas que despiertan cada mañana cargando un peso invisible. Ese peso es la culpa. 


Una emoción silenciosa que se instala en la mente y comienza a repetir una y otra vez aquello que hicimos, aquello que dejamos de hacer o aquello que desearíamos cambiar. 


La culpa tiene la capacidad de hacernos creer que sufrir es una forma de reparar el pasado. 


Pensamos que, si nos castigamos lo suficiente, de alguna manera compensaremos nuestros errores. 


Pero la realidad es otra. El pasado no cambia porque suframos más. 


Ninguna noche de insomnio, ninguna lágrima y ningún reproche pueden modificar lo que ya ocurrió. 


Eso no significa que debamos ignorar nuestros errores. 


Equivocarse hace parte de la experiencia de vivir. 


Todos hemos dicho palabras que hirieron, tomado decisiones apresuradas o dejado pasar oportunidades importantes. 


La diferencia no está en cometer errores, sino en lo que hacemos después de ellos. 


Existe una gran diferencia entre vivir con culpa y vivir con responsabilidad. 


La culpa nos mantiene atrapados mirando hacia atrás, mientras que la responsabilidad nos invita a mirar hacia adelante. 


La culpa nos dice que somos el error; la responsabilidad nos recuerda que cometimos un error y que todavía podemos aprender de él. 


Cuando dejamos que la culpa gobierne nuestra vida, comienza a robarnos la tranquilidad. 


Poco a poco afecta nuestra autoestima, nuestras relaciones y la manera en que nos vemos a nosotros mismos. 


Terminamos creyendo que no merecemos ser felices o que siempre estaremos definidos por una decisión equivocada. 


Sin embargo, ninguna persona debería ser recordada únicamente por su peor momento. 


Todos estamos en constante construcción. 


Cada experiencia, incluso las más dolorosas, tiene el potencial de enseñarnos algo valioso si tenemos la humildad de aprender. 


Perdonarse no significa justificar lo que estuvo mal ni olvidar las consecuencias de nuestras acciones. 


Significa reconocer que ya aprendimos la lección y permitirnos continuar. 


Nadie puede construir un futuro diferente mientras permanezca encadenado al pasado. 


Tal vez hoy todavía exista algo que te produce culpa. 


Tal vez una decisión, una palabra o una oportunidad perdida siga ocupando un espacio importante en tus pensamientos. 


Si es así, pregúntate con sinceridad: ¿seguir castigándome cambiará lo que ocurrió? 


Si la respuesta es no, entonces quizás sea momento de transformar esa culpa en responsabilidad, aprendizaje y crecimiento. 


Aunque no me lo creas, este angelito lindo también hizo cosas de las cuales se arrepiente. 


Durante mucho tiempo cargué la culpa por esos errores, pensando que castigarme era una forma de compensarlos. 


Un día entendí que el pasado ya no estaba en mis manos, pero el presente sí. 


Desde entonces decidí que la mejor manera de honrar lo aprendido no era seguir sufriendo, sino procurar que cada persona que se cruce en mi camino reciba una versión más consciente, más amable y humana de mí. 


No puedo cambiar lo que hice ayer, pero sí puedo decidir cómo vivir hoy. 


Puedo amar más, escuchar mejor, pedir perdón cuando sea necesario y procurar que mis acciones hablen más fuerte que mis errores. 


La vida no nos pide ser perfectos. 


Nos pide ser capaces de reconocer nuestros errores, reparar aquello que esté a nuestro alcance y continuar caminando con mayor sabiduría que ayer. 


Recuerda siempre esto: la culpa mira hacia atrás buscando un pasado imposible de cambiar. 


La responsabilidad mira hacia adelante construyendo un futuro que todavía está en nuestras manos. 


Y si hoy cargas con la culpa por algo que hiciste, no permitas que ese error defina toda tu historia. 


Aprende de él, conviértelo en una lección y sigue adelante. 


Al final, no somos las peores decisiones que hemos tomado; somos la persona que decidimos ser después de haberlas enfrentado.

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lunes, 27 de julio de 2026

Cuando creemos que podemos con todo


Cuando creemos que podemos con todo

Hay algo curioso que he observado a lo largo de los años. 


Cuando todo marcha bien, muchas personas —y me incluyo— creemos que somos los arquitectos absolutos de nuestra vida. 


Pensamos que todo lo hemos logrado gracias a nuestra inteligencia, nuestro esfuerzo, nuestra disciplina o nuestra capacidad para resolver problemas. 


Y claro, todo eso importa. 


Pero llega un momento en el que aparece un problema que no sabe de títulos universitarios, de dinero, de experiencia o de orgullo. 


Una enfermedad inesperada. La pérdida de un ser querido. Una crisis económica. 


Un hijo que sufre. Una ansiedad que no se puede explicar. Una puerta que parece cerrarse una y otra vez. 


Es entonces cuando ocurre algo interesante. 


Empezamos a buscar aquello que habíamos dejado de lado: la oración. 


O más bien esa conexión con lo divino. 


No importa si eres una persona muy religiosa o si simplemente crees que existe algo más grande que nosotros. 


En esos momentos, muchos levantamos la mirada y decimos, aunque sea en silencio: 


"Dios, ayúdame." Y no creo que eso sea casualidad. 


Vivimos en una época donde, de muchas formas, se nos comunica que la conexión con lo divino es innecesaria, ingenua o una pérdida de tiempo. 


A veces el mensaje es directo; otras veces es mucho más sutil. Poco a poco aprendemos a confiar únicamente en lo que podemos medir, controlar o explicar. 


De hecho, con estos ojitos que tantas cositas bonitas han visto, he observado como personas que dicen que estos temas no sirven para nada, tienen una vida “ejemplar” que al menos a mí no me gustaría vivir. 


Sin embargo, la vida nos recuerda constantemente que no todo está bajo nuestro control. 


Respiramos sin tener que pensarlo. Nuestro corazón late sin pedirnos permiso. 


La naturaleza sigue su curso. El universo funciona con una precisión que todavía nos asombra. 


Estamos aquí gracias a innumerables factores que muchas veces ni siquiera comprendemos. 


Por eso creo que la gratitud debería ser un punto de partida y no una reacción de último momento. 


Atención: NO estoy diciendo que la oración sustituya el esfuerzo. 


Tampoco que reemplace la medicina, el estudio o las decisiones responsables. 


Creo que la oración y la acción pueden caminar juntas. 


Una persona puede hacer todo lo que está a su alcance y, al mismo tiempo, reconocer humildemente que hay situaciones donde necesita ayuda, esperanza o fortaleza. 


Mira que esta semana tuve que entregar una tarea en mi trabajo que era un poco compleja. 


En teoría sabía cómo hacerla, pero a pesar de tener esa “seguridad” yo me encomendé a Dios para que todo saliera bien. 


Para serte honesto el despliegue de esto salió mejor de lo que yo esperaría. 


También he visto personas encontrar paz en medio del dolor después de una oración sincera. 


He visto familias unirse cuando todo parecía perdido. 


He visto gente recuperar la esperanza simplemente porque sintió que no estaba sola. 


¿Fue un milagro? ¿Fue un cambio interior? ¿Fue ambas cosas? Cada uno tendrá su respuesta. 


Lo que sí sé es que una oración hecha desde el corazón cambia, al menos, a quien la pronuncia. 


Y muchas veces, cuando cambia la persona, también cambia la manera de enfrentar el problema. 


Tal vez ese sea uno de los mayores poderes de la oración. 


No siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero con frecuencia transforma la actitud, fortalece el ánimo y devuelve la esperanza para seguir caminando. 


Y la esperanza tiene una fuerza enorme. 


Aunque no lo creas, este angelito lindo, ha dejado que el ego lo haga pensar: "yo puedo con todo". 


Que si las cosas salen bien es únicamente por mi capacidad. 


Hasta que la vida, con mucha humildad, me recuerda que no. 


Que necesito de los demás. Que necesito aprender. Que necesito agradecer. 


Y que también necesito hacer silencio de vez en cuando para hablar con Dios. 


No únicamente cuando todo está perdido. También cuando todo va bien. 


Porque quizás la verdadera oración no nace de la desesperación, sino del agradecimiento. 


Hoy quiero dejarte una invitación muy sencilla. 


Si estás atravesando un momento difícil, no subestimes el poder de una oración sincera. No tienes nada que perder y, quizá, mucho por descubrir. 


Y si hoy toda marcha bien, tampoco olvides dar gracias. 


A veces creemos que la fortaleza consiste en demostrar que no necesitamos a nadie. 


Yo cada vez estoy más convencido de que la verdadera fortaleza también consiste en reconocer, con humildad, que hay una fuerza más grande que nosotros acompañándonos en el camino.

 

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lunes, 8 de junio de 2026

Se dañó todo… y fue lo mejor que me pudo pasar



Se dañó todo… y fue lo mejor que me pudo pasar

Hace unos días me pasó algo que, en el momento, sentí como un golpe duro. 


Algo en lo que venía trabajando desde hace tiempo simplemente dejó de funcionar. 


Así, sin aviso. Y claro, lo primero que sentí fue frustración. 


Rabia también, para qué mentir. 


Porque uno no ve solo el problema, uno ve todo el esfuerzo que hay detrás. 


Las horas, la energía, las expectativas. 


Todo eso que parece que se va a la basura en cuestión de segundos. 


Y ahí es donde muchos nos quedamos estancados. 


Pensando en la mala suerte, en el destino, en el “¿por qué a mí?”. 


Pero esta vez pasó algo diferente. 


En lugar de quedarme ahí lamentándome mucho tiempo, entendí que, si quería resolverlo, tenía que hacer algo distinto. 


La solución implicaba algo que no suena nada atractivo: 


Volver a empezar. Pero no igual. Diferente. 


Con otra estrategia. Con otro enfoque. 


Y aunque al inicio no me hacía mucha gracia la idea, no tenía otra opción. 


Así que lo hice. Empecé de nuevo. Paso a paso. 


Probando cosas. Ajustando. Corrigiendo. 


Y ¿sabes qué fue lo más curioso de todo esto? 


Esa nueva estrategia terminó siendo mucho mejor que la anterior. 


Las cosas no solo volvieron a funcionar… 


Funcionaron mejor. Mucho mejor. 


Y ahí fue cuando entendí algo que muchas veces olvidamos. 


No todo lo que parece un problema, realmente lo es. 


A veces es un empujón. Una sacudida. 


Una forma de obligarnos a salir de un camino que ya no era el mejor para nosotros. 


Porque seamos honestos. Cuando algo “medio funciona”, nos acomodamos. 


Nos quedamos ahí. 


No buscamos mejorar, no buscamos cambiar. Simplemente seguimos. 


Hasta que la vida, o como lo quieras llamar, dice: “Por ahí no es”. Y te obliga a moverte. 


A replantear. A reinventarte. Mucha gente lo ve como mala suerte. 


Otros lo llaman destino. Pero yo cada vez estoy más convencido de que hay algo más. 


Algo que no siempre entendemos en el momento. 


Pero que, de alguna forma, nos va guiando. 


Incluso cuando parece que todo está saliendo mal. 


Porque si te pones a pensar, muchas de las mejores decisiones o cambios en tu vida nacieron de momentos incómodos. 


Momentos donde no te quedó de otra que hacer algo diferente. 


Y ahí es donde entra algo clave. Confiar. Confiar en tu proceso. Confiar en tu instinto. 


Porque, aunque no lo veas claro en el momento, tu mente empieza a buscar soluciones. 


Empieza a conectar ideas. 


Empieza a abrir caminos que antes no estabas viendo. 


Y muchas veces esas ideas aparecen de la nada. 


Como si alguien te las susurrara. 


Como si ya estuvieran ahí, esperando el momento adecuado. 


Así que la próxima vez que algo no salga como esperabas… 


No te apresures a llamarlo fracaso. 


Puede que solo sea un ajuste de ruta. 


Puede que sea exactamente lo que necesitabas para llegar a algo mejor. 


Aunque en ese momento no lo parezca. 


A veces perder una estrategia… 


Es la única forma de encontrar la correcta. 


Y eso, aunque cueste verlo, también es avanzar.

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lunes, 23 de marzo de 2026

La mecánica de la vida



La mecánica de la vida

A veces creemos que la vida es algo contra lo que tenemos que luchar.  


Como si todo dependiera de empujar más fuerte, esforzarnos más y controlar cada detalle.  


Pero con el tiempo uno empieza a notar algo curioso.  


Mientras más peleas con la vida, más pesada se vuelve.  


Más obstáculos aparecen y más difícil parece avanzar.  


Durante mucho tiempo yo también pensé que todo era cuestión de insistir.  


De exigirle a la vida lo que creía merecer.  


Hasta que poco a poco entendí algo diferente.  


La vida tiene una mecánica muy particular.  


Cuando una persona vive enfocada en lo que le falta o en lo que salió mal, su mente queda atrapada en esa misma frecuencia.  


Solo ve problemas.  


Solo ve carencias.  


Pero cuando empiezas a reconocer lo que la vida ya te ha dado, algo cambia.  


Tal vez no tengas todo lo que deseas.  


Eso es normal.  


Pero seguramente tienes más cosas buenas de las que a veces te permites ver.  


Personas que te quieren.  


Experiencias que te han hecho crecer.  


Oportunidades que en algún momento aparecieron en tu camino.  


Cuando comienzas a agradecer eso, tu forma de ver el mundo cambia.  


Esto me recuerda una pequeña historia.  


Había un pájaro que estaba pasando por uno de los peores momentos de su vida.  


Había perdido sus plumas, tenía hambre y el lugar donde vivía era seco y sin vida.  


Un día se encontró con un ángel y le preguntó cuándo terminaría su sufrimiento.  


El ángel fue a preguntar y regresó con una respuesta difícil:  

todavía le esperaban siete años de dificultades.  


El pájaro quedó devastado.  


Pero antes de irse, el ángel le dio un consejo muy simple.  


Pasara lo que pasara, repitiera una frase:  


“Gracias Dios por todo”.  


Aunque no lo entendía, decidió hacerlo.  


Y poco a poco comenzaron a ocurrir cosas extrañas.  


Le crecieron nuevas plumas.  


Encontró alimento.  


Apareció agua cerca de donde vivía.  


El lugar empezó a llenarse de vida.  


Cuando el ángel volvió y vio aquello, preguntó qué había pasado si aún quedaban años de sufrimiento.  


La respuesta fue muy simple.  


Los siete años seguían ahí.  


Pero la gratitud había cambiado la forma en que la vida respondía.  


La gratitud no es conformismo.  


Es reconocimiento.  


Es una forma de decirle a la vida: veo lo que me has dado.  


Y muchas veces, cuando haces eso, la vida empieza a fluir con menos resistencia.  


Por eso, antes de pedirle más a la vida, tal vez valga la pena detenerse un momento.  


Mirar alrededor.  


Y simplemente agradecer.  


Porque cuando haces eso, muchas veces la vida empieza a moverse a tu favor.

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lunes, 12 de enero de 2026

No te rindas: aún no has terminado



No te rindas: aún no has terminado

Todos, en algún momento de la vida, pasamos por episodios de depresión o profunda tristeza. 


La muerte de un ser querido, una ruptura, una pérdida económica o el derrumbe de un proyecto personal pueden llevarnos a cuestionar el sentido de seguir adelante. 


Aparecen preguntas difíciles, silenciosas, incómodas: 

¿Vale la pena continuar? ¿Para qué seguir luchando? 


Hacerse estas preguntas no nos hace débiles. Nos hace humanos. 


Sin embargo, hay algo que resulta desconcertante cuando observamos la realidad con mayor amplitud: 


Existen personas que, comparadas con nosotros, están atravesando situaciones mucho más duras. 


Personas que han perdido casi todo, que viven con dolor constante, con limitaciones físicas, emocionales o materiales extremas. 


Y, aun así, no se rinden. No se sienten derrotadas. 


Al contrario, conservan un deseo profundo de seguir viviendo y de disfrutar la vida en la medida de lo posible. 


Entonces surge una reflexión inevitable: 

si el dolor es mayor, ¿por qué su voluntad no se quiebra? 


La respuesta no está en la cantidad de sufrimiento, sino en la actitud interior frente a él. 


El dolor no define el destino, la decisión sí 


Muchas veces creemos que nuestra capacidad de resistir depende de qué tan dura sea nuestra situación. 


Pero la vida demuestra una y otra vez que no es así. 


El dolor puede ser intenso, prolongado y aparentemente injusto, pero no determina automáticamente nuestra derrota. 


Lo que realmente marca la diferencia es una decisión interna, casi invisible: la decisión de no rendirse hoy. 


No se trata de estar motivado. No se trata de tener respuestas claras. 


Se trata de elegir seguir adelante aun cuando no entendemos nada. Aun cuando no vemos salida. 


Aun cuando el futuro parece borroso o vacío. 


Las personas que no se rinden no son más fuertes que los demás. 


Simplemente han aprendido, consciente o inconscientemente, que rendirse no elimina el dolor, pero seguir viviendo abre la posibilidad —aunque mínima— de volver a tener sentido, propósito o alegría. 


En una sociedad que romantiza el éxito y oculta el sufrimiento, continuar viviendo en medio del dolor puede parecer insignificante. Pero no lo es. 


Es un acto de valentía silenciosa. Es resistencia emocional. Es decirle a la vida: todavía no me has vencido. 


A veces seguir adelante no significa grandes cambios ni decisiones heroicas. 


A veces significa algo mucho más simple y poderoso: levantarse un día más, respirar, cumplir con lo básico, esperar. Y eso es suficiente. 


Con el tiempo, esa decisión diaria —aparentemente pequeña— empieza a transformar el dolor. 


No lo borra, pero lo resignifica. Lo convierte en experiencia, en aprendizaje, en fortaleza interior. 


No siempre podemos controlar lo que nos ocurre. 


Pero siempre podemos decidir cómo respondemos. 


Y esa decisión, repetida día tras día, termina moldeando nuestra vida. 


Si hoy estás atravesando un momento difícil, recuerda esto: no necesitas tenerlo todo claro para seguir adelante. 


No necesitas sentirte fuerte. Basta con no rendirte ahora. Basta con elegir vivir un día más. 


Porque muchas veces, sin darnos cuenta, seguir viviendo es la forma más poderosa de vencer.

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lunes, 1 de diciembre de 2025

Que es la inteligencia



Que es la inteligencia

Hace unos meses, sin buscarlo, terminé escuchando la historia de un señor que conoció un buen amigo mío. 


Yo no lo vi directamente, pero fue una de esas historias que se te quedan dando vueltas en la cabeza. 


Como si alguien hubiera prendido una luz en un cuarto que ni sabías que tenías. 


La historia trata de un señor había pasado casi toda su vida trabajando. 


De esos hombres que no tienen estudios, pero sí tienen manos marcadas por los años. 


Después de toda una vida levantándose temprano, ahorrando aquí, arreglando allá, por fin había logrado lo que él llamaba “estar organizadito”. 


No rico, pero sin deberle a nadie. Tranquilo. 


Y justo ahí, cuando sentía que el piso estaba firme, la mujer lo dejó. 


Así, sin tragedia anunciada. Sin discursos. Se fue. 


Y aquí voy a ser claro, porque también lo pensé cuando mi amigo me lo dijo: 

una mujer con dinero es una h... cuando quiere demostrar poder. 


No hablo de todas. Hablo de ese tipo que, cuando ya no te necesita, cuando no te puede manipular, cuándo ve que ella está bien si ti… te suelta como si fueras un mueble viejo. 


La gente alrededor reaccionó como siempre reacciona la gente: juzgando desde la comodidad. 


“Ah no, ese man ya está listo para su funeral. A los 70 ya no se levanta.” 


Como si la edad fuera una sentencia. Como si el alma tuviera fecha de vencimiento. 


Pero aquí viene lo que a mí me rayó la cabeza. 


Ese señor —que muchos trataron como si ya estuviera a punto de morir— se levantó. 


Sin escándalo, sin dramas, sin hacer posts motivacionales en redes sociales. 


Simplemente se paró, volvió a organizar sus cosas y siguió caminando. 


Y ahí entendí algo que pocas veces vemos: 


La inteligencia no es saber de libros, la inteligencia es saber vivir. 


He conocido gente que sabe más que Wikipedia, pero no saben ni dónde dejaron su propia felicidad. 


Personas llenas de títulos, pero vacías por dentro. Analizan todo, pero no disfrutan nada. 


Mientras este señor, sin academia, sin discursos, sin pose… resolvió la vida con una lucidez que muchos “intelectuales” ni entienden. 


A veces creemos que ser inteligente es pensar más, pero yo creo que es pensar mejor. 


A veces creemos que es saber mucho, pero en realidad es saber vivir. 


Dicen que las personas inteligentes son infelices. 


No sé quién inventó esa mentira. 


Para mí, la inteligencia busca la felicidad como un reflejo natural, como quien busca aire cuando se está ahogando. 


Y ese día, sin querer, ese señor me dio una lección que ni él sabe que dio: 


La verdadera inteligencia es levantarte cuando todos creen que ya estás acabado. 


La inteligencia es seguir. Es no rendirse. 


Es vivir bien con lo que sabes, con lo que tienes y con lo que eres. 


Ese señor no tenía estudios. Pero tenía algo mejor: sabiduría.

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lunes, 29 de septiembre de 2025

La importancia de tener un plan B en un mundo incierto



La importancia de tener un plan B en un mundo incierto

Una de las cosas que más nos preocupa a todos es la fuente de ingresos que tenemos para subsistir. 


Hay personas que trabajan en una compañía, otras tienen su propia compañía y hay otros tantos que son independientes. 


El caso es que sea cual sea tu fuente de ingresos, no tienes nada seguro en la vida. 


Te pueden despedir de tu trabajo, o quizás piernas tus clientes, etc. 


Lamentablemente esto es una de las mayores causas de incertidumbre que un ser humano puede tener. 


Y lo peor, es que no podemos hacer absolutamente nada. 


Bueno, al menos respecto a la incertidumbre nada, pero si podemos tener un plan de escape. 


Por ejemplo, hace días el esposo de una buena amiga mía perdió su empleo. 


Teóricamente todo iba bien, pero en la empresa las cosas iban mal. 


Los propietarios de la empresa decidieron guardan silencio sobre sus estados financieros. 


Al fin y al cabo, a los empleados, a nivel general, no les importa mucho esto. 


Piensan que el empresario tiene una máquina de dónde saca los billetes para pagarles y simplemente los contrata por diversión. 


Los sueldos de los empleados salen de las ventas que la compañía realice. 


Si no hay entradas, si los trabajadores no hacen bien su labor, entonces de donde rayos les van a pagar. 


Esa maquinita de hacer dinero que tiene cada empresario en el mundo es solo una fantasía. 


Bueno, finalmente se llegó el día y la hora. 


Llamaron a todos y a cada uno le fueron pasando la carta de despido, junto con su indemnización. 


El esposo de mi amiga se quedó totalmente frio, congelado sin saber que iba a ser de su vida de aquí en adelante. 


Bueno, esta gracia le ha costado su salud, pues en varias ocasiones lo han tenido que internar por problemas graves, gracias al grado tan alto de estrés que está manejando. 


Incluso, esta persona tiene el apoyo de sus hijos y aun así se ha dejado llevar por el pánico. 


Mira, acá contando este cuento, las cosas suenan muy divertidas o que estamos hablando de alguna tontería. 


Pero yo que he pasado por lo mismo 3 veces, te puedo asegurar que eso no es tan divertido como lo crees. 


En el caso de este señor es la primera vez que le ocurre en toda su vida, así que es entendible que se paralice. 


En mi caso yo me paralicé en las 3 oportunidades, pero en la última ocasión ocurrió algo diferente. 


Algo dentro de mi comenzó a generar ideas y soluciones minutos después de recibir el choque. 


Todo eso ocurrió porque debido a mi experiencia tenía un plan B. 


De hecho, hace ya algunos años hice un video sobre el plan B de las cosas. 


Pero para serte honesto esas ideas que me llegaron en ese momento y que finalmente me ayudaron a voltear la torta para mejorar, siento que no fueron mías. 


Es como si algo o alguien me las hubiera susurrado. 


“Coincidencialmente”, unos días antes de que eso ocurriera obtuve nuevos conocimientos que me ayudaron a resolver ese tema. 


Y hasta me fue mucho mejor de lo que esperaba. 


Como puedes ver, si estás preparado, tu subconsciente busca caminos ante los desafíos. 


De hecho, hay una frase de un famoso personaje de un video juego llamado Cave Johnson. 


Existen varias versiones de esta frase, pero la que yo escuché me pareció la más interesante de todas. 


“Cuando la vida te de limones, patéale los limones a la vida y haz lo que te de la p... gana!”. 


Así que quiero animarte mediante esta información a no permitir que la incertidumbre de la vida haga lo que quiera contigo. 


No aceptes migajas de la vida ni de nadie. 


Tú eres un ser humano valioso y poderoso. 


Y no se trata de ser pesimista al estar preparado para una eventualidad. 


Solo si llega a pasar sabremos como actuar ante estas.

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lunes, 20 de enero de 2025

¿Crees que tu vida es injusta? La historia que cambiará esa perspectiva



¿Crees que tu vida es injusta? La historia que cambiará esa perspectiva

En mis épocas, cuando éramos tan inocentes, la vida era muy diferente a lo que vemos en la actualidad. 


Por ejemplo, los hijos no tenían la importancia que tienen ahora. 


Era tanta la indiferencia que existía por los hijos que muchas veces otros hogares tenían que acogerlos y criarlos. 


Y aunque no lo creas, a estos “padres” les daba lo mismo si vivían o no. 


A pesar de que estas cosas ya no se “ven” en la actualidad, la mayoría de personas se quejan de que sus vidas no están como ellos quisieran. 


Y como es lógico esto causa frustración. 


Finalmente, a todos nos gustaría estar siempre mejor. 


Pero como dice el dicho popular: “hay gente que nace con estrella y otros estrellados”. 


Este es el caso de la historia que un gran amigo me contó sobre uno de sus compañeros de estudios. 


Creo que eran 3 o 4 estudiantes, ya no recuerdo, que brillaban en el colegio por sus notas. 


En especial había uno de ellos que era el más callado y el más inteligente de todos. 


Ellos siempre tuvieron el concepto que ese muchacho iba a ser una de las personas más exitosas que hayan conocido. 


Pero cuando llegaron a la edad adulta, este personaje no salió con nada. 


Fue otro “mediocre” más del montón. 


Como es lógico todos se preguntaba que le había pasado a un muchacho tan talentoso para caer en tanta pasividad. 


Y en cierta oportunidad mi amigo pudo hablar con este personaje, el cual le contó su historia. 


Resulta que desde que nació, su padre los abandonó a él y su madre. 


Dijo: “ya vengo, voy allí nomas”, y suerte es que les deseó. 


La madre de este muchacho pues se puso a trabajar de cocinera. 


Ella vendía comidas a trabajadores de la zona para poder sostener a ambos. 


El niño fue creciendo y también comenzó a trabajar y estudiar. 


Pero una vez, la señora tuvo un accidente y se quemó todo el cuerpo, mientras cocinaba. 


La señora perdió muchos nervios y prácticamente quedó como un vegetal. 


Así que este muchacho se debatía entre atender a su mamá, ir al colegio, salir a trabajar y aguantar hambre muchas veces para que su madre pudiera comer “bien” y recuperarse. 


Esto probablemente era lo que hacía que este muchacho fuera tan callado, y sobre todo un excelente estudiante. 


Quería salir adelante como fuera. 


Finalmente, pues su señora madre falleció y el conoció a una señorita de la cual se enamoró. 


Ella quedó en embarazo, y él se entusiasmó mucho, pero por alguna razón que desconozco, ella decidió interrumpir ese embarazo. 


Esto fue lo que más lo devastó e hizo que en vez de seguir adelante persiguiendo el éxito comenzará a retroceder en la vida. 


Podría decirse que ese fue el detonante de su apatía por la vida. 


Y uno podría decir que este paciente le iba mal en la vida por ser una mala persona. 


Al contrario, su señor padre, después de muchos años de abandono, regresó a buscar la ayuda de su hijito amado pues se encontraba muy mal. 


Este personaje sin pensarlo lo acogió en su casa hasta que falleció. 


Lamentablemente esta es una historia que no tuvo un final feliz. 


El hombre decidió irse a trabajar a otro país y comenzó a ganar mucho dinero. 


Pero eso de nada sirvió. Finalmente murió en ese país repentinamente de un ataque al corazón. 


Sus amigos concluyen que él murió de tristeza, pues lo llegó a afectar mucho la perdida de ese hijo que nunca nació. 


Mira nosotros tenemos la tendencia a quejarnos por todo lo que nos sucede, si no ocurre como lo habíamos planeado. 


Imagínate que el amigo que me contó esta historia, cuando era niño su señor padre le daba para todo el día, un bocadillo de guayaba y una bolsa de leche para él y su hermano. 


Eso era todo lo que tenían para comer, a pesar que el señor podía alimentarlos. 


Entonces lo dosificaban en pequeñas mordidas para no “pasar” tanta hambre en el día y así tenían que ir a estudiar. 


A pesar de esto mi amigo viendo la historia de su compañero agradece que no le haya ido mal en la vida. 


Es por eso que mi propósito al contarte estas historias es que no vuelvas a quejarte jamás en tu vida. 


Agradece por todo lo que tienes. 


Finalmente, la vida nos está llevando en coche de oro. 


Somos tan afortunados que tú tienes la posibilidad de ver esta información y yo de transmitírtela.

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lunes, 7 de octubre de 2024

El Enigma de Nuestra Existencia: ¿Estamos Jugando Sin Saberlo?



El Enigma de Nuestra Existencia: ¿Estamos Jugando Sin Saberlo?

Una de las cosas que más lleva inquietud en el ser humano desde el principio de los tiempos es cuál es su propósito aquí. 


Y no te imaginas la cantidad de tiempo que hemos perdido discutiendo sobre este tema. 


Lo más triste es que siempre llegamos a la misma conclusión y es que no tenemos la menor idea de lo que estamos haciendo aquí. 


Quizás estamos aquí solo de paso improvisando como podamos, a ver que nos sale. 


O posiblemente si tengamos un objetivo y estemos tan ciegos mentalmente, que no lo podemos ver. 


Si observas, todos tenemos metas o deseos por cumplir. 


¿Y de forma general, qué necesitamos para cumplir esos deseos? 


Aunque nos dé pena, siempre vamos a necesitar dinero para cumplir aquello que tenemos pendiente. 


A no ser que tu deseo sea ser más amoroso con las personas, tener más confianza en ti mismo para encarar el futuro, etc. 


Y aun en estos casos vas a necesitar “pagarle” a una persona para que te oriente como hacerlo. 


Incluso si eres autodidacta, vas a necesitar de “consumir” recursos tales como energía eléctrica, internet, un dispositivo audiovisual, etc. 


¿Y adivina que requiere eso? 


Nada de estas cositas son gratis. 


Gratis ni un puñetazo mío. 


Y ahora te pregunto, ¿qué es lo que necesitas para ganar ese dinero? 


La respuesta clara y contundente a eso es SERVIR. 


Y puede que en este momento me digas: “pero Gabrielito lindo, el único objetivo que yo tengo en la vida es ganar mucho dinero”. 


En este caso te respondo con una pregunta: “¿qué tienes que hacer para ganar esas grandes cantidades de dinero?”. 


Y volvemos al mismo punto que es servir a los demás. 


Así que podríamos concluir que servir es nuestro único objetivo y propósito aquí. 


Puede que estés pensando en este momento que tu objetivo es rescatar animales en condición de calle. 


¿No es eso servir? 


Servir no solo es una actividad hacia otros seres humanos. 


Parece que es nuestra naturaleza ya sea que lo hagamos consciente o inconscientemente. 


Es una obligación servir desde que entramos en este juego de la vida. 


Bueno, eso si quieres participar del juego. 


Porque para serte honesto, existen personas en condición de calle que no sirven absolutamente a nadie. 


No estoy diciendo todos, pero si he visto algunas personas que se abandonan totalmente a su destino. 


Pero yo creo que eso tiene que ver con la depresión, y es totalmente comprensible. 


Si tú has luchado tanto en la vida y nada de lo que intentas te sale, ¿crees que por tu mente no pasaría la idea del para qué seguir en el juego? 


No todos en el mundo somos resilientes.

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Ingeniero de Sistemas e Investigador del Pensamiento Humano y las emociones, y como estas influyen en las decisiones que tomamos cada segundo para tener éxito o fracaso.

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