Hay palabras que decimos sin darnos cuenta de lo que cargan.
No pesan en la boca… pero sí en el alma.
Hace años conocí a alguien que me enseñó esto de la forma más dura posible.
Era una mujer increíble. De esas personas que no solo hablan de empatía, sino que la practican.
Rescataba animales de la calle, los cuidaba, los recuperaba y luego buscaba familias que realmente los amaran.
No era un hobby. Era su forma de vivir.
Pero también estaba cansada.
Cansada de ver crueldad. Cansada de sentir que luchaba sola.
Un día, en medio de esa frustración, me dijo algo que en su momento sonó como una simple descarga emocional:
“Estoy cansada de vivir en este mundo cruel.”
Recuerdo que le respondí casi por instinto. Le dije que no hablara así. Que no era la única persona que hacía el bien.
Que el mundo también tenía gente valiosa, como ella.
La conversación terminó ahí. Como tantas otras.
Pero el tiempo… no. Meses después, sufrió un asalto. La herida fue grave. Estuvo una semana en el hospital.
Y en esos días, según alguien cercano a ella, dijo algo que me marcó aún más que lo anterior:
Se arrepentía de haber hablado así de la vida.
No se quería ir.
Quizás fue una coincidencia. Quizás no.
No se trata de pensar que nuestras palabras “crean” literalmente lo que nos pasa.
Pero sí hay algo innegable: lo que decimos, repetidamente y con emoción, moldea la forma en que vemos el mundo… y la forma en que habitamos nuestra propia vida.
Las palabras no solo describen la realidad.
También la interpretan. Y, en silencio, la condicionan.
Cuando decimos que todo es cruel, empezamos a ver solo crueldad.
Cuando sentimos que estamos solos, dejamos de notar quién sí está.
Cuando nos cansamos de vivir… algo dentro de nosotros empieza a apagarse.
No fue su culpa. Fue dolor hablando. Pero eso no le quita importancia.
Porque si el dolor puede hablar… también nosotros podemos elegir qué dejamos que se quede.
Hoy pienso más en lo que digo. No desde el miedo, sino desde la conciencia.
Porque hay frases que parecen inofensivas… hasta que se convierten en la forma en la que entendemos la vida.
Y la vida, incluso cuando duele, merece algo mejor que ser definida en un momento de rabia.
A veces, lo más poderoso que podemos hacer… es cuidar nuestras palabras como si fueran semillas.
Porque, de alguna forma, lo son.




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