Todos, en algún momento de la vida, pasamos por episodios de depresión o profunda tristeza.
La muerte de un ser querido, una ruptura, una pérdida económica o el derrumbe de un proyecto personal pueden llevarnos a cuestionar el sentido de seguir adelante.
Aparecen preguntas difíciles, silenciosas, incómodas:
¿Vale la pena continuar? ¿Para qué seguir luchando?
Hacerse estas preguntas no nos hace débiles. Nos hace humanos.
Sin embargo, hay algo que resulta desconcertante cuando observamos la realidad con mayor amplitud:
Existen personas que, comparadas con nosotros, están atravesando situaciones mucho más duras.
Personas que han perdido casi todo, que viven con dolor constante, con limitaciones físicas, emocionales o materiales extremas.
Y, aun así, no se rinden. No se sienten derrotadas.
Al contrario, conservan un deseo profundo de seguir viviendo y de disfrutar la vida en la medida de lo posible.
Entonces surge una reflexión inevitable:
si el dolor es mayor, ¿por qué su voluntad no se quiebra?
La respuesta no está en la cantidad de sufrimiento, sino en la actitud interior frente a él.
El dolor no define el destino, la decisión sí
Muchas veces creemos que nuestra capacidad de resistir depende de qué tan dura sea nuestra situación.
Pero la vida demuestra una y otra vez que no es así.
El dolor puede ser intenso, prolongado y aparentemente injusto, pero no determina automáticamente nuestra derrota.
Lo que realmente marca la diferencia es una decisión interna, casi invisible: la decisión de no rendirse hoy.
No se trata de estar motivado. No se trata de tener respuestas claras.
Se trata de elegir seguir adelante aun cuando no entendemos nada. Aun cuando no vemos salida.
Aun cuando el futuro parece borroso o vacío.
Las personas que no se rinden no son más fuertes que los demás.
Simplemente han aprendido, consciente o inconscientemente, que rendirse no elimina el dolor, pero seguir viviendo abre la posibilidad —aunque mínima— de volver a tener sentido, propósito o alegría.
En una sociedad que romantiza el éxito y oculta el sufrimiento, continuar viviendo en medio del dolor puede parecer insignificante. Pero no lo es.
Es un acto de valentía silenciosa. Es resistencia emocional. Es decirle a la vida: todavía no me has vencido.
A veces seguir adelante no significa grandes cambios ni decisiones heroicas.
A veces significa algo mucho más simple y poderoso: levantarse un día más, respirar, cumplir con lo básico, esperar. Y eso es suficiente.
Con el tiempo, esa decisión diaria —aparentemente pequeña— empieza a transformar el dolor.
No lo borra, pero lo resignifica. Lo convierte en experiencia, en aprendizaje, en fortaleza interior.
No siempre podemos controlar lo que nos ocurre.
Pero siempre podemos decidir cómo respondemos.
Y esa decisión, repetida día tras día, termina moldeando nuestra vida.
Si hoy estás atravesando un momento difícil, recuerda esto: no necesitas tenerlo todo claro para seguir adelante.
No necesitas sentirte fuerte. Basta con no rendirte ahora. Basta con elegir vivir un día más.
Porque muchas veces, sin darnos cuenta, seguir viviendo es la forma más poderosa de vencer.



0 comentarios:
Publicar un comentario