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lunes, 27 de julio de 2026

Cuando creemos que podemos con todo


Cuando creemos que podemos con todo

Hay algo curioso que he observado a lo largo de los años. 


Cuando todo marcha bien, muchas personas —y me incluyo— creemos que somos los arquitectos absolutos de nuestra vida. 


Pensamos que todo lo hemos logrado gracias a nuestra inteligencia, nuestro esfuerzo, nuestra disciplina o nuestra capacidad para resolver problemas. 


Y claro, todo eso importa. 


Pero llega un momento en el que aparece un problema que no sabe de títulos universitarios, de dinero, de experiencia o de orgullo. 


Una enfermedad inesperada. La pérdida de un ser querido. Una crisis económica. 


Un hijo que sufre. Una ansiedad que no se puede explicar. Una puerta que parece cerrarse una y otra vez. 


Es entonces cuando ocurre algo interesante. 


Empezamos a buscar aquello que habíamos dejado de lado: la oración. 


O más bien esa conexión con lo divino. 


No importa si eres una persona muy religiosa o si simplemente crees que existe algo más grande que nosotros. 


En esos momentos, muchos levantamos la mirada y decimos, aunque sea en silencio: 


"Dios, ayúdame." Y no creo que eso sea casualidad. 


Vivimos en una época donde, de muchas formas, se nos comunica que la conexión con lo divino es innecesaria, ingenua o una pérdida de tiempo. 


A veces el mensaje es directo; otras veces es mucho más sutil. Poco a poco aprendemos a confiar únicamente en lo que podemos medir, controlar o explicar. 


De hecho, con estos ojitos que tantas cositas bonitas han visto, he observado como personas que dicen que estos temas no sirven para nada, tienen una vida “ejemplar” que al menos a mí no me gustaría vivir. 


Sin embargo, la vida nos recuerda constantemente que no todo está bajo nuestro control. 


Respiramos sin tener que pensarlo. Nuestro corazón late sin pedirnos permiso. 


La naturaleza sigue su curso. El universo funciona con una precisión que todavía nos asombra. 


Estamos aquí gracias a innumerables factores que muchas veces ni siquiera comprendemos. 


Por eso creo que la gratitud debería ser un punto de partida y no una reacción de último momento. 


Atención: NO estoy diciendo que la oración sustituya el esfuerzo. 


Tampoco que reemplace la medicina, el estudio o las decisiones responsables. 


Creo que la oración y la acción pueden caminar juntas. 


Una persona puede hacer todo lo que está a su alcance y, al mismo tiempo, reconocer humildemente que hay situaciones donde necesita ayuda, esperanza o fortaleza. 


Mira que esta semana tuve que entregar una tarea en mi trabajo que era un poco compleja. 


En teoría sabía cómo hacerla, pero a pesar de tener esa “seguridad” yo me encomendé a Dios para que todo saliera bien. 


Para serte honesto el despliegue de esto salió mejor de lo que yo esperaría. 


También he visto personas encontrar paz en medio del dolor después de una oración sincera. 


He visto familias unirse cuando todo parecía perdido. 


He visto gente recuperar la esperanza simplemente porque sintió que no estaba sola. 


¿Fue un milagro? ¿Fue un cambio interior? ¿Fue ambas cosas? Cada uno tendrá su respuesta. 


Lo que sí sé es que una oración hecha desde el corazón cambia, al menos, a quien la pronuncia. 


Y muchas veces, cuando cambia la persona, también cambia la manera de enfrentar el problema. 


Tal vez ese sea uno de los mayores poderes de la oración. 


No siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero con frecuencia transforma la actitud, fortalece el ánimo y devuelve la esperanza para seguir caminando. 


Y la esperanza tiene una fuerza enorme. 


Aunque no lo creas, este angelito lindo, ha dejado que el ego lo haga pensar: "yo puedo con todo". 


Que si las cosas salen bien es únicamente por mi capacidad. 


Hasta que la vida, con mucha humildad, me recuerda que no. 


Que necesito de los demás. Que necesito aprender. Que necesito agradecer. 


Y que también necesito hacer silencio de vez en cuando para hablar con Dios. 


No únicamente cuando todo está perdido. También cuando todo va bien. 


Porque quizás la verdadera oración no nace de la desesperación, sino del agradecimiento. 


Hoy quiero dejarte una invitación muy sencilla. 


Si estás atravesando un momento difícil, no subestimes el poder de una oración sincera. No tienes nada que perder y, quizá, mucho por descubrir. 


Y si hoy toda marcha bien, tampoco olvides dar gracias. 


A veces creemos que la fortaleza consiste en demostrar que no necesitamos a nadie. 


Yo cada vez estoy más convencido de que la verdadera fortaleza también consiste en reconocer, con humildad, que hay una fuerza más grande que nosotros acompañándonos en el camino.

 

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Ingeniero de Sistemas e Investigador del Pensamiento Humano y las emociones, y como estas influyen en las decisiones que tomamos cada segundo para tener éxito o fracaso.

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