Hace muchos años, cuando comenzó mi crisis financiera, iba camino a presentarme a un embargo.
El abogado que me acompañó para presentarme me preguntó qué me había pasado y por qué había llegado a esa situación.
Seguramente me veía la cara de tragedia que tenía en ese momento y le causó curiosidad.
Yo le dije que me encontraba en una mala racha y que, por más que buscaba soluciones, nada de lo que hacía me salía como quería o simplemente se bloqueaba.
Él me dijo: "Gabriel, yo le aconsejo que se aferre a Dios".
Esa frase me quedó sonando durante mucho tiempo.
Y aunque me “aferré” a Él, nada de lo que le pedía se daba. Por el contrario, cada día tenía más problemas.
En resumen, llegué a un punto de tal desesperación que una noche decidí encararlo y, con un lenguaje muy soez que no puedo mencionar en este blog, le dije sus cuantas “verdades”.
Si te soy sincero, en ese momento para mí la solución era “ofenderlo”, para que me borrara de la faz de la tierra y yo pudiera salir de todos los problemas que tenía.
Problemas que, siendo completamente honesto, habían sido en buena parte consecuencia de mis propias decisiones.
Después de que me salió toda esa espuma por la boca, se me vino un pensamiento sobre la razón por la que yo estaba allí.
Y entonces entendí que mis malas elecciones me habían llevado hasta ese punto.
No podía responsabilizar a Dios por las decisiones que yo mismo había tomado.
Desde ese día mi vida comenzó a cambiar y, de alguna manera, parte de ese proceso es lo que ha contribuido a que hoy quiera compartir mis experiencias en este blog.
Pero con el tiempo también entendí que quizás mi problema no era solamente que estaba pasando por una crisis.
También tenía una determinada manera de relacionarme con Dios.
Yo me había acercado a Él desde la necesidad. Desde la urgencia. Desde la desesperación.
Yo necesitaba que resolviera mis problemas.
Necesitaba que las cosas salieran como yo quería.
Necesitaba que me sacara de donde yo mismo me había metido. Y creo que no soy el único.
Si esto te suena familiar, probablemente eres uno de los tantos que nos hemos acercado a la Divinidad desde la carencia.
Cuando tenemos problemas, buscamos a Dios.
Cuando estamos enfermos, pedimos salud.
Cuando no tenemos dinero, pedimos dinero.
Cuando una relación está a punto de terminar, pedimos que la salve.
Cuando estamos contra las cuerdas, levantamos los ojos al cielo.
Y cuando todo se soluciona, muchas veces volvemos a nuestra vida y nos olvidamos de Él.
Hasta que aparece el siguiente problema.
Nos comportamos como si Dios fuera una especie de dispensador o cajero automático celestial al que introducimos nuestra petición, esperamos unos segundos a que salga exactamente lo que pedimos.
Y lo peor es que, cuando las cosas no suceden como queremos, no solamente nos decepcionamos.
A veces le exigimos a Dios que se haga nuestra voluntad. Como si Él fuera nuestro empleado. Como si nuestra petición fuera una orden.
Como si nosotros supiéramos exactamente qué debe suceder, cuándo debe suceder y cómo debe suceder.
Pero ¿qué pasa cuando las cosas no salen como queremos?
Nos alejamos. Dejamos de creer. Nos sentimos abandonados.
Y terminamos cargando solos un peso que quizás nunca tuvimos que cargar de esa manera.
Muchas veces olvidamos que nuestra relación con la Fuente Divina no debería comenzar únicamente cuando necesitamos algo.
Nuestra vida ya está ocurriendo.
Mientras dormimos, nuestro corazón continúa latiendo.
Seguimos respirando sin pensar conscientemente en cada respiración.
Nuestro cuerpo continúa digiriendo los alimentos, regulando su temperatura, reparando tejidos y realizando miles de procesos de los que ni siquiera somos conscientes.
Mientras nosotros estamos completamente desconectados del mundo durante el sueño, hay una enorme cantidad de fuerzas trabajando para mantenernos vivos.
Y nosotros damos todo eso por sentado.
No tenemos que pedirle a nuestro corazón: “Por favor, late”.
No tenemos que recordarles a nuestros pulmones: “Por favor, respiren”.
No tenemos que supervisar nuestra digestión. Simplemente sucede.
Y quizás hemos estado tan concentrados en pedirle a Dios lo que todavía no tenemos que hemos olvidado agradecerle por todo aquello que ya estamos recibiendo.
Hace algún tiempo conocí —o quizá debería decir que descubrí— algo en una gran amiga que me produjo una inquietud muy particular.
Ella no se acercó al Creador de la misma manera que yo lo había hecho.
No llegó desde la desesperación. No llegó para pedir que le solucionaran un problema.
No llegó a exigir respuestas. Se acercó desde la gratitud.
Para mí, esa es una de las formas más bonitas de acercarse a Dios.
No preguntando primero: “¿Qué me puedes dar?”
Sino: “¿Qué puedo agradecerte?”
A partir de esa inquietud decidí hacer un cambio importante en mi vida.
Si Dios me había ayudado a salir de aquella situación en la que me encontraba, quería intentar algo diferente.
Quería dejar de relacionarme con Él solamente desde la necesidad.
Quería comenzar a caminar por el camino de la gratitud.
No significa que haya dejado de pedir.
Todos tenemos momentos en los que necesitamos ayuda.
La diferencia está en el lugar desde el cual hacemos la petición.
No es lo mismo acercarse diciendo:
“Dios, necesito que hagas esto porque así tiene que ser”.
Que decir: “Dios, esto es lo que deseo y esto es lo que necesito, pero también reconozco que no lo sé todo y agradezco aquello que ya estás haciendo en mi vida”.
Tal vez ahí comienza una relación diferente.
Porque Dios deja de ser solamente el botón de emergencia al que acudimos cuando todo se está derrumbando.
Deja de ser el cajero automático celestial.
Y comienza a convertirse en algo mucho más profundo: la Fuente a la que reconocemos incluso cuando no estamos pidiendo nada.
La próxima vez que te acerques a Dios, antes de pedirle algo, realiza una pausa.
Y simplemente di: “Gracias”. Gracias por estar vivos. Gracias por respirar.
Gracias por las personas que amamos.
Gracias por las oportunidades que hemos tenido.
Gracias incluso por aquellas experiencias difíciles que nos obligaron a mirar nuestras propias decisiones y aprender de ellas.
Y después, si necesitamos pedir algo, pidámoslo.
Pero hagámoslo desde la gratitud y no desde la exigencia.
Porque quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es:
“¿Por qué Dios no me ha dado lo que le estoy pidiendo?”
Sino: “¿Cuántas cosas me está dando Dios en este preciso momento que ni siquiera he aprendido a agradecer?”




0 comentarios:
Publicar un comentario