Hay noches en las que el problema no es lo que ocurrió durante el día.
El problema es todo lo que empieza a ocurrir en nuestra cabeza cuando intentamos dormir.
Recordamos una conversación. “¿Por qué dije eso?” “¿Será que se molestó?”
“¿Y si hubiera respondido de otra manera?” Después aparece otro pensamiento.
“¿Qué pasará mañana?” “¿Y si las cosas salen mal?” “¿Y si tomo la decisión equivocada?”
Y cuando nos damos cuenta, llevamos una hora acostados intentando resolver problemas que todavía no existen.
A mí también me ha pasado.
Lo curioso es que muchas veces creemos que estamos solucionando algo porque estamos pensando mucho en ello.
Pero pensar y sobrepensar no son lo mismo.
Pensar nos ayuda a encontrar una respuesta. Sobrepensar nos hace dar vueltas alrededor de la misma pregunta sin llegar a ninguna parte.
Es como intentar salir de un laberinto caminando en círculos.
Nuestra mente puede tomar una posibilidad y convertirla rápidamente en una amenaza.
Un “tal vez” se convierte en un “seguramente”. Un “¿y si?” termina pareciendo una certeza.
Y empezamos a sufrir por algo que todavía no ha ocurrido.
¿Por qué lo hacemos? Muchas veces porque queremos tener el control.
Queremos saber qué va a pasar, qué piensa otra persona o si la decisión que estamos tomando será la correcta.
Pero hay cosas que simplemente no podemos saber por anticipado.
Puedes pensar durante horas antes de enviar un mensaje y aun así no puedes controlar la respuesta.
Puedes analizar una decisión desde todos los ángulos y aun así no puedes conocer el resultado.
Entonces… ¿cómo dejamos de sobrepensar? No intentando dejar la mente en blanco.
La clave está en aprender a distinguir entre un problema que puedes resolver y una preocupación que solo estás imaginando.
Cuando aparezca un pensamiento que no te deja tranquilo, pregúntate:
¿Esto está ocurriendo ahora? ¿Puedo hacer algo al respecto?
Si la respuesta es sí, hazlo. Si puedes enviar el mensaje, envíalo.
Si puedes pedir disculpas, hazlo. Si puedes tomar una decisión, tómala.
Pero si no puedes hacer nada en este momento, quizá seguir pensando no sea la solución.
Puedes decirte: “Esto no está bajo mi control.” Y continuar.
Hace poco entendí algo que me ha servido bastante: no todo pensamiento merece nuestra atención.
Nuestra mente produce pensamientos constantemente. Algunos son útiles. Otros son recuerdos, miedos o simplemente posibilidades.
No tienes que discutir con cada uno de ellos.
Puedes dejar que un pensamiento aparezca sin convertirlo en una historia.
Porque una cosa es pensar “¿y si todo sale mal?” y otra muy distinta es pasar los siguientes treinta minutos imaginando todas las formas en que podría suceder.
La próxima vez que te descubras pensando demasiado en lo mismo, detente. Respira.
Pregúntate qué puedes hacer realmente en este momento. Hazlo.
Y si no puedes hacer nada, vuelve a tu vida. No necesitas resolver hoy todos los problemas de mañana.
Hay respuestas que solo aparecerán cuando llegue el momento.
Y quizá esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar: no siempre necesitamos tener certeza para poder estar tranquilos.
Pensar es una herramienta maravillosa.
Pero una herramienta deja de ayudarnos cuando permitimos que ella nos controle.
Dejar de sobrepensar no significa dejar de pensar.
Significa aprender cuándo un pensamiento merece nuestra atención y cuándo debemos dejarlo pasar.
Porque hay cosas que solo se pueden entender después de que ocurren.
Y hay momentos en los que la mejor respuesta que puedes darle a tu mente es:
“Ya pensé suficiente. Ahora voy a vivir.”




